IBARRA ESTÁ MOLESTO

Las últimas manifestaciones de Juan Carlos Rodríguez Ibarra antes del trigésimo séptimo congreso del partido socialista obrero español PSOE indican que está algo molesto. Las he leído y me parece que no tiene razón, bueno creo que los parámetros con los que se mide hoy la eficacia, la eficiencia no son los mismos que se usaban en otros momentos, justo en la época en la que tanto Ibarra o yo, por ejemplo, éramos jóvenes, me lleva sólo seis años.
Es verdad que hasta bien poco, pocos años, la edad y la experiencia podían servir en el mundo laboral, social o empresarial. La experiencia era un activo para un trabajador, hoy no lo es. Si eres viejo y tienes experiencia, no vales tu trabajo se puede reemplazar por otros trabadores menos onerosos para la empresa.
Esta fórmula, junto con el culto, sí el culto a lo efímero, a lo nuevo, a lo inmediato, a lo joven frente a lo viejo deja a muchas personas, nos deja como barcos viejos con cuadernas corroídas por la grasa y el salitre, arrumbados en cualquier dique seco, sin ni siquiera servir para desguace. En fin, sin melancolía.
Creo que Ibarra no ha encajado el paradigma actual en el que ser joven, mujer y “guay”, que no sé bien qué es ser guay, tiene un plus, casi un paradigma en esta sociedad donde lo efímero prima y sin fatalidad hay que reconocer que queda poco por hacer, o mejor nos queda poco por hacer a los que ya no estamos dentro de esa clasificación, la de barcos viejos, claro.
Este pequeño enfado de Ibarra me ha traído un texto de Vergílio Ferreria (1919-1996), que no me resisto a transcribir:

¿Cómo se puede pensar que se llega a la vejez desbordado de saber y experiencia? La experiencia, finalmente. ¿Pero de qué sirve, si sus zonas de aplicación ya no funcionan? Pero está el saber, ¿qué saber? No se trata de saber un saber enlatado con ideas en la estantería, catalogadas y fichadas. No. Se muere, es el vacío de todo. ¿De qué sirven las ideas que has tenido y que incluso no han sido destituidas? Ya no te remueven por dentro. Nuestra mente da ideas de la misma manera que el reloj da las horas. Después, sólo hay que repetirlas con un poco de cuerda. O da ideas que uno no se imagina que se secarán antes de que se sequen. Tienes el alma llena de cosas marchitas, perfectamente definidas en lo que eran antes de lo que son ahora, pero que no huelen a nada, a no ser mal. Una idea dura tan poco. Porque una idea no es exactamente lo que dice, sino lo que hace decir a los demás. E incluso, si pudiera a los otros que siguen a estos. Tus ideas ya no hacen decir nada a nadie. Ni a ti. Cuando existieron por primera vez, te excitaste y quizás excitaron a otros, sobre todo si les tiraron piedras. Si las repitieras ahora, ya ni las oirían, o como mucho te encontrarían maníaco. Tienes el alma llena de ideas muertas como un cementerio de cruces rotas y de lápidas ya ilegibles, a no ser para eruditos en paro. ¿Eso es lo que has acumulado? ¿Es esa la llamada riqueza de la vejez? Tu alma es un museo para turistas pasajeros que se preguntan llenos de interés distraído si esto es lo que usaste y te causó insomnio y largas horas de costura. Eso es lo que usaste. En eso gastaste la vida, en acumular una herencia de trapos viejos que los herederos tiran acompañados de sonrisas. Eso fue lo que diste a la muerte y esta se llevó llena de un tedio infinito por haberse tomado la molestia por tan poco. (V. Ferreira; Pensar, pág. 106-107).

Por casualidad tanto Ibarra como Ferreira están sin corbata, pero que no sea motivo de altercado o problema.

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