INSOMNIO, DOLOR Y OCTAVIO PAZ

Definitivamente he claudicado y me he aliado con el insomnio. He comprendido que no lo podía vencer, derrotarlo definitivamente es imposible, pero fue algo que tardé en comprender. Ya lo he hecho, así que me he aliado con él, aunque hay ocasiones en las que lo combato, cuando no me ofrece tregua alguna, con la ayuda de la química, mientras, sin enfadarme, sin sufrir ansiedad comparto mi cama con el insomnio y alguna lectura. No sé por qué pero me acuerdo de Octavio Paz cuando escribo del insomnio, lo asocio de manera poco clara.

Últimamente y por razones coyunturales el insomnio se ha buscado, mejor ha encontrado un aliado, no uno cualquiera, uno muy específico, muy exclusivo: el dolor. Es verdad que en muchas ocasiones conviven, pero para ser más exacto me refiero no al dolor difuso, al malestar después de una copiosa cena, el dolor de espalda por la tensión. No, me refiero al dolor concreto, específico, localizado y con un origen identificado, que tiene un arranque definido, un momento en el comienza a instalarse en tu cuerpo y a convivir contigo. Pues ese dolor, identificado, en mi caso, ha hecho buenas migas con el insomnio y ambos se instalan cómodamente en mi cama, que convierten en particular campo de batalla. La alianza multiplica sus fuerzas, no por dos, hay momentos que crees que lo hacen hasta casi hasta el infinito. No queda más remedio que auxiliarte de la química y combatirlos. No hay tregua. Claro tienes que cuidar tu estómago, no sea que sufra las consecuencias de la batalla con armas “legales”, Higía le alía conmigo para librar esta batalla.

En fin como me relaciono insomnio con Octavio Paz, sólo en la parte que me ayuda a superar sus ataques, les dejo con un fragmento de su obra que, como no, habla del insomnio, el dormir y el velar. Que disfruten con Octavio Paz y recuerden el insomnio se vuelve invencible.

REPASO NOCTURNO [fragmento]

(A esta hora hay mediadores en todas partes

Hay puentes invisibles entre el dormir y el velar.

Los dormidos muerden el racimo de su propia fatiga,

el racimo solar de la resurrección cotidiana;

los desvelados tallan el diamante que ha de vencer la noche;

aún los que están solos llevan en sí su pareja encarnizada,

en cada espejo yace un doble,

un adversario que nos refleja y nos abisma;

el fuego precioso oculto bajo la capa de seda negra,

el vampiro ladrón dobla la esquina y desaparece, ligero,

robado por su propia ligereza;

con el peso de su acto a cuestas

se precipita en su dormir sin sueño el asesino,

ya para siempre a solas, sin el otro;

abandonados a la corriente todopoderosa,

flor doble que brota de un tallo único,

los enamorados cierran los ojos en lo alto del beso:

la noche se abre para ellos y les devuelve lo perdido,

el vino negro en la copa hecha de una sola gota de sol,

la visión doble, la mariposa fija por un instante en el centro del cielo,

en el ala derecha un grano de luz y en la izquierda uno de sombra.

Reposa la ciudad en los hombros del obrero dormido,

La semilla del canto se abre en la frente del poeta) [págs. 313-314]

Libertad bajo palabra, Cátedra, 1988

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