LECTURAS: COLD SPRING HARBOR. RICHARD YATES

Los decepcionados de la vida, los personajes anónimos, que de la vida sólo esperan algo para quejarse o para beber son los que Richard Yates retrata en Cold Spring Harbor, 2009; RBA. La reedición de esta novela tiene seguramente que ver con el éxito de la adaptación al cine de Vía revolucionaria, novela de 1961 que Sam Mendes ha llevado al cine. Cold Spring Habor es posterior, 1986, sin embargo ambas inciden en descarnar a la familia media americana y arañar el barniz de modernidad, de familia modelo que se ha querido transmitir.

Son tan patéticos estos decepcionados de la vida, los pinta Yates tan pobres de todo, de espíritu, de ambiciones por vivir, por alcanzar algo de felicidad que dan pena y Yates no tiene ni la más mínima consideración con los personajes que recrea, incluso el marco en el que se mueven es acorde con ellos, la ciudad, la vivienda. Gloria Drake es: “Quizá no tenía más de cincuenta años, pero si había sido atractiva en otro tiempo, nadie lo habrá dicho. Su pelo era de un tono entre amarillo desvaído y gris claro, como si el humo de muchos cigarrillos lo hubiera tiñendo con los años, y aunque se podía afirmar que conservaba una buena figura, era ésta tan frágil, enclenque y menuda que no te la imaginabas haciendo otra cosa en la vida que pasar el rato en aquel sofá manchado de café”.

O Charles, militar retirado antes de tiempo por problemas de vista, casado con una alcohólica depresiva, o al revés: “Charles tuvo la impresión de que hacía semanas, o meses, que no se oía la voz tanto rato seguido, y ni siquiera estaba seguro todavía de haberse explicado bien…”

“En esta familia artificial, la cena fue el momento más deprimente del día ya desde el principio…

Evan Shepard casi nunca levantaba la vista del plato, ni siquiera para contestar a las preguntas que su mujer le hacía en murmullos, y aquella obcecada concentración parecía sugerir que el acto de comer, no menos que el trabajo de cada día o que engendrar hijos, no era sino otra faceta de la misión de un hombre en este mundo. Cuando no necesitaba ambas manos para pinchar y cortar la carne, el musculoso antebrazo de su mano libre quedaba siempre en la misma posición de descanso, escorado sobre el canto de la mesa, con el puño semicerrado o sujetando una rebanada de pan doblada, y a Phil le resultaba intrigante este gesto peculiar: así comían los héroes de la clase obrera en las películas. Intentó copiarlo varias veces, pero no le salía con naturalidad y sólo conseguía sentirse avergonzado. Una de las pocas cosas que había aprendido en Irving –sin saber que la hubiese aprendido- era que en un cole privado había que comer con un codo bien visible encima de la mesa y la mano libre desaparecida, colgando lánguidamente sobre el regazo. Y a esa postura, sin darse cuenta, había acabado por volver; con razón mucha gente opinaba que de los colegios privados sólo salían chicos mimados o medio mariquitas.

-Cariño- dijo Rachel (y a Phil siempre le sobresaltaba oírla pronunciar esa palabra como si fuera el nombre de pila de su marido)-, ¿te gusta esta ensalada, o quieres que prepare otro aliño?

-No, déjalo –dijo Evan con la boca llena, los labios relucientes de aceite de oliva-. Está bien así”. [ob. cit. págs. 89-90]

En fin, espero que les haya resultado sugerente lo que han leído, aunque son historias de los que llamo decepcionados de la vida, pero también existe, viven y creo que a su manera buscan un poco de felicidad.

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