LECTURAS: NECRÓPOLIS. BORIS PAHOR

No, no es verdad eso que repetimos con frecuencia y que aceptamos sin cuestionar el contenido de la afirmación. No es verdad que una imagen vale más que mil palabras. Más que mil palabras, valen dos mil, tres mil o las que quieran, pero no una imagen.

Tampoco oculto mi interés por la imagen, su valor como testimonio, como detonante para una reflexión en el espectador atento y observador. No oculto y menos niego el valor de la imagen, pero creo sinceramente que tiene fronteras que no puede traspasar y son esas barreras que las palabras como sortean con facilidad y llegan allí donde se destapan las emociones o donde se encoge el estómago por el dolor, la pena, el desamor y ¡cuántas cosas más!

Boris Pahor en Necrópolis, Anagrama 2010, lo explica como nadie, por eso aprovecho para traer el texto en el que alude a las imágenes, y de camino recomendar su lectura que nos servirá para ponernos de cara ante el horror, ese horror fruto de la aberración humana que parece inconcebible pero que se materializó, y que lo hizo donde también vio la luz la Ilustración, en la Europa de nuestros pesares, aunque también de nuestras esperanzas.

Les dejo con algunos párrafos de Necrópolis. Espero que los disfruten.

“Pero supongo que esta experiencia no se limita a un campo de concentración; en la vida cotidiana debe ser lo mismo. Me pregunto qué se imaginarán los visitantes que rodean al guía; sólo unas fotografías ampliadas con una multitud de cabezas rapadas, pómulos salientes, mandíbulas parecidas a las cerraduras, colgadas en el interior de los barracones, podrían hacer aparecer en la pantalla de la imaginación del visitante una imagen aproximada de aquella realidad. Pero ningún panel podrá jamás ilustrar el estado de ánimo de un hombre que tiene la sensación que el tazón de hierro de su vecino contiene medio dedo de líquido amarillo más que el suyo. Está claro que podría reproducirse la expresión de los ojos con esa mirada especial que crea el hambre; pero jamás podría captarse el desconsuelo de la cavidad bucal, ni tampoco los movimientos automáticos del esófago. Cómo podrá, entonces, una fotografía mostrar los matices últimos de la lucha interior invisible, en la cual los principios de la buena conducta en la que habíamos sido educados ya hacía mucho que había sido derrotados por la ilimitada tiranía del epitelio estomacal.” [ob. cit. pág. 34]

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