LECTURAS: EL AMANECER DE UN MARIDO. HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

Después de El olvido que seremos, Seix Barral, 2007; y de Tratado de culinaria para mujeres tristes, 1996, llega El amanecer de un marido, Seix Barral, 2010, mientras he seguido leyendo a Héctor Abad como columnista, primero en la revista Semana de Bogotá y ahora en El Espectador. Tengo una especial predilección por lo que escribe este autor después de haber leído el Olvido que seremos, que creo que de lo mejor que se ha escrito en castellano en los últimos años.

En su última obra publicada, El amanecer de un marido, reúne varios relatos donde analiza los desgarros producidos por la ruptura de pareja. Ninguno de los dos sale indemne después de que la atonía, el cansancio y no se sabe cuántas cosas más diluyen lo que mantenía a la pareja. Son relatos llenos de dolor y en los que aparecen palabras duras, afiladas, cargadas de tensión, rencor y odio en muchos casos. Como son relatos casi de la vida misma y cada lector podrá cambiar el género de los personajes, acomodar cada historia a las que él conoce y así ponerle más cercanía, si cabe, a lo narrado por Héctor Abad.

He elegido algunos párrafos de una de las narraciones. Espero que les resulten sugerentes.

BALADA DEL VIEJO PENDEJO

“Si yo fuera capaz de decirle que el odio es una excusa excesiva, una palabra demasiado grande para este paulatino alejamiento que está hecho de tedio, de costumbre, pero que estos ladrillos son muy poca cosa para erigir el duro paredón del aborrecimiento. Que con el tiempo sus gestos se hayan vuelto puñales (ese girar el cuerpo y enseñar la espalda en el momento de mayor intimidad entre las sábanas, ese olvido de toda cortesía: no esperarme a comer, no saludar de beso, hablar siempre más largo por teléfono mientras estamos en la mitad de una respuesta) era tal vez inevitable en esta rumia de lo cotidiano, pero llegar al odio, llegar a esa palabra que le he oído pronunciar mientras hablaba con su mejor amiga y yo abría la puerta silencioso, sigiloso, como quien teme encontrar a un amante en calzoncillos o ya sin calzoncillos, que a mi oído la frase llegara clara, nítida: “Tú no sabes el odio que siento por él”, y “él” era yo, yo el aborrecido, porque poco a poco después ha dicho mi nombre, tan prosaico, Gustavo, y ha hablado de mí con alusiones inequívocas, mi barriga prominente, el tic que me hace mover la boca hacia el lado derecho, mis inútiles ideas a la manicurista para tratar de maquillar las uñas agrietadas por el tiempo…” [ob cit, pág. 97]

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