DINO BUZZATI Y LOS CAMBIOS DE HORA

Confieso que esto de los cambios de hora me produce un cierto trastorno y no es biológico ni nada parecido. Se trata de cambiar la hora en los relojes, que son algunos. Tengo que reconocer también que el problema puede estar en que tengo más de la cuenta, casi se puede decir que los colecciono.

A lo que iba, algunos  son fáciles de cambiar la hora, vueltas a la ruedecilla y ya está terminado, sin embargo hay otros que tienen procedimientos complejos, y no es lo que diga yo, (otras personas lo han intentado) sino que hay que hacerlo con manual de instrucciones en la mano y seguir una traducción nefasta donde se explican los numerosos pasos que hay que dar, aún así no es sencillo el proceso.

Tengo la sensación de que estos modelos están hechos para resistir los cambios, no están de acudo con ellos y de esa manera se resiste, o quizás intentan evitar las estrías del tiempo y así nos evita el desasosiego que se produce cuando se cae en una de esas estrías. Dino Buzzati (1906-1972) en sus relatos nos deja con la intriga de si sucedió o no.

Les dejo con un relato recogido en  “Las noches difíciles”, Acantilado, 2010

 

ESTRÍAS DEL TIEMPO

El tiempo, ya se sabe, es irreversible. No obstante, como el fatal descenso de los ríos consiente aquí o allá regolfos, remolinos, contraolas, que casi podrías suponer excepciones a la ley de gravedad, así, en la inconmensurable trama del tiempo, de cuando en cuando se originan pequeñas hendiduras, obstáculos, estrías, que, por unos instantes, nos dejan suspendidos en una dimensión oculta, en los extremos confines de la existencia.

EL MÁRTIR

El pasado noviembre me dirigía en coche de Milán a Erba. Era una tarde, más que neblinosa, oscura y siniestra, de modo que eran pocos los conductores. Tras la rotonda de Monza, una vez enfilada la autovía hacia Inverigo, justo en la mitad de la primera curva larga, el cono de luz de los faros auxiliares alumbra a un joven el arcén de la calzada: alto, con un largo chaquetón de cuero hippie, abundante cabello rubio como electrizado formando una aureola, levanta las manos como implorando ayuda, con el rostro muy pálido con expresión de inmenso terror.

¿Qué es? ¿Qué quiere? ¿Por qué parece tan espantado? A esa hora, en aquel lugar desierto era para tener miedo. Pero la curiosidad fue más fuerte. Como joyero, además, yo viajo siempre con guardaespaldas.

Puesto que no es posible dar marcha atrás, bajo con mis dos gorilas armados hasta los dientes y, provistos de linternas, volvemos hacia el punto de encuentro, a unos trescientos metros de distancia.

Con estupor al acercarnos, reparamos en un grupito de personas confabulando al reverbero de los dos faros encendidos.

Al borde la carretera, el muchacho rubio con que os habíamos topado hacía quizá menos de dos minutos, yace en posición supina, con la boca entreabierta, en un charco de sangre, muerto. A su alrededor, los policías, contemplados por una veintena de curiosos surgidos de no se sabía dónde en aquella terrible noche, levantan atestado del caso. Y como controlando, de pie e inmóviles, cuatro guardias de uniforme desconocido.

El asunto es de tal modo extraño que estimo prudente no mencionar el encuentro un poco antes. Quién sabe qué problemas hubiera podido acarrearnos. Sin que lo adviertan, me largo con mis dos acompañantes, vuelvo al coche y reemprendo el viaje hacia Erba.

Ni mis acompañantes, que no son precisamente unos cretinos, ni yo logramos explicarnos lo sucedido. No dejamos de hablar de ello durante todo el recorrido, a la ida y a la vuelta. Hasta el punto de que, cuando regreso a casa, llegamos de nuevo, en sentido inverso, a la curva de las desdichas (todo está oscuro y aparentemente desierto), me detengo, bajo del coche, cruzo la autovía y voy a curiosear.

Allí donde pocas horas antes yacía el joven asesinado, hay una pequeña cruz de mármol y, debajo, una lápida:

AQUÍ . INMOLANDO POR LA LIBERTAD . LA GENEROSA JUVENTUD . CAYÓ VILMENTE ASESINADO ANSELMO TITO GAMBELLOTTI . 16 DE NOVIEMBRE DE 1986

Toco la cruz y la lápida. Están duras y frías. No he bebido. Lo que veo, lo ven también mis dos hombres de confianza, anonadados como yo.

Recuerdo de pronto que en el coche hay una máquina fotográfica con flash. Puede servir si hubiera que aportar algún documento. Vuelvo al coche, naturalmente escoltado por mis dos valientes amigos, cojo la máquina y vuelvo al lugar. Pero una voz en mi interior me dice: ¿para qué una fotografía? Sabes muy bien que no servirá de nada.

De hecho, a la luz de las linternas, ya no logramos encontrar ni la cruz ni la lápida. Unos hierbajos y nada más. Ni señal. Ni siquiera huellas recientes. Me pegunto: ¿Sucederá realmente lo que hemos visto esta noche? ¿O ha sido un sueño? El Anselmo Tito Gambellotti cuya juventud será inmolada por causa de la libertad (¿qué libertad?) ¿Y cuántos años tiene hoy? Si consiguiera encontrarlo, ¿podría ponerlo sobre aviso? ¿O ya está todo escrito?

 

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