CINE: AMOR. MICHAEL HANEKE

            Todavía con el estómago pegado al espinazo después de ver Amor, la última obra de Michael Haneke. En esta ocasión los personajes, una pareja de mayores que todo tras de sí un pasado lleno de vida, vida intelectual, mucha afectividad, un status social respetable. En fin todo lo deseable, pero la inexorable vejez y el progresivo deterioro comienza a hacer estragos en lo que se barruntaba una vejez plácida y con la sola preocupación de seguir llenando el tiempo con actividades que seguían cultivando el intelecto.

            Nuestros protagonistas Emmanuele Riva y Jean-Louis Trintignant moldean esa pareja de viejos con un exquisito trabajo donde el director disecciona un tipo de vejez, la que tiene una vida intelectual activa y también posibilidades económicas, algo que da la felicidad, el dinero, pero vamos que sí ayuda y mucho.

            Mientras veía el progreso de la vejez en nuestra pareja pensaba en  Vergílio Ferreira (1916-1996) que en Pensar tiene muchas referencias a la vejez, la vida mientras se es viejo, con lo que este término de vida no tiene un perfil nada definido y que no todos están dispuestos a vivir la vejez a cualquier precio, así que, como estoy cerca, pues ya he sobrepasado más del cincuenta por ciento de mi esperanza de vida y no soy nada egoísta, suelo usar una expresión que en ocasiones escandaliza: “A mi me ponen cerca de las pastillas” y lo que eso encierra.

            Como he citado a Vergílio Ferreira, no me resisto a transcribir algo que se puede encontrar en la obra que ya cité Pensar; Acantilado, 2006. Ah, y no dejen de ver la película, que su dureza abre los ojos, pule los sentimientos y piensen si el amor se puede convertir en una condena por el egoísmo.

            “Tu cuerpo. Cansado, envejecido, estropeado. Felices los que viven pegados a su cuerpo, porque como los animales, sólo sienten los dolores físicos. Pero quien vive desde la distancia, desde la perspectiva humana, mide con ella los otros dolores, que son mayores. Y de todos, el mayor es la humillación que el cuerpo te inflige. Y la única forma de superarlo es sentir por él desprecio o una piedad a la misma altura. O si es posible, superior. Tu cuerpo. ¿Hay alguna posibilidad de que lo olvides? Porque se hace recordar a cada instante. Pero alarga el intervalo con que lo perspectivas, o levántate al máximo sobre ti mismo, y el humillado será él.” [ob. cit. pág. 208]

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