TENÍA QUE DECIRLO

           237 Desde hace algunos días estaba intentando sentarme a escribir un rato sobre libros que leo, no piensen que hago crítica literaria, sólo leo y cuento lo que de esas lecturas extraigo, pero hace algo más de quince días se convocó una huelga, otras más, para rechazar en la calle la nueva reforma/contrarreforma del ministro Wert, y como es costumbre me sumé a la misma. No está escrito en ningún lado, pero en cada ocasión que se atenta contra la enseñanza pública o me meten la mano en el bolsillo para depauperar más, si cabe, mi salario allí estoy yo, de esta manera contribuyo con la consiguiente deducción a la apertura de los colegios en verano, la “inmersión en inglés” prometida, aunque no se sustituya a los profesores de baja, curiosamente de inglés.

            Con poco ánimo me fui a Weyler, allí arrancaba la manifestación, para ver las caras de siempre, con más arrugas, más michelines y canas, pero casi los mismos, salvo los que han sacado pasaporte para el más allá. Algún jubilado había, pero escasos en número. En fin, lo dicho allí de nuevo, pocos, pero no cobardes, aunque antes me fui a la presentación del nuevo libro de Miguel Ángel Aguilar, España contra pronóstico, Aguilar, 2013 en el Parlamento de Canarias. Este acto acabó con mis esperanzas porque la patética presentación de Antonio Castro Cordobez me llevó a la conclusión de que debo querer más a mi perro, que no tengo.

            El maestro, Miguel Ángel Aguilar mantuvo el tipo, no se sonrió ante la ignorancia manifiesta del Presidente del Parlamento y en una síntesis muy breve aludió a su independencia: “no manda a necios, ni sirve a pícaros”, a la necesidad de un periodismo libre, combativo y alejado de la sombra del poder y un repaso-recordatorio de lo frágil que es eso de la libertad y la democracia y cómo hay que hacer un esfuerzo permanente para mantenerla a salvo.

            Bueno, algo es algo, me queda el alivio de que se puede tener confianza en parte del género humano, pero siempre al acecho frente a estos vaivenes y retrocesos en los logros alcanzados.

            Para terminar y aclarar lo del poco ánimo con el que bajé de casa tengo que decir que en esos días estaba leyendo una novela de Rafael Chirbes, La Larga marcha, 1996; Anagrama, que ambientada en la posguerra estaba aplanando mi ánimo y sus páginas del pasado son premonitorias de un futuro, y no digo que lleguemos a una situación de violencia, de enfrentamiento como sucedió en el 36, pero Chirbes dice lo que sigue: “¿Verdad que los médicos no renuncian a curar a un niño enfermo pensando que, al fin y al cabo, se acabará muriendo, y que así le van a evitar sesenta o setenta años de sufrimiento inútiles? No, sino que lo curan de las primeras anginas, y luego de paperas, y acaban dándole medicinas y poniéndole sondas cuando tiene setenta años. Total, para que al fin se acabe muriendo. Bueno, pues la política es lo mismo. Los ciudadanos tenemos que curar y operar y poner sondas, aun a sabiendas que siempre triunfa el mal, que el poder acude por naturaleza a los peores”.

 

            En fin, que el pesimismo no cunda, pero lean a Chirbes, merece la pena, eso creo, y que la marejada que se lleva lo público acabe de una vez.

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