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DINO BUZZATI Y LOS CAMBIOS DE HORA

1 noviembre, 2010

Confieso que esto de los cambios de hora me produce un cierto trastorno y no es biológico ni nada parecido. Se trata de cambiar la hora en los relojes, que son algunos. Tengo que reconocer también que el problema puede estar en que tengo más de la cuenta, casi se puede decir que los colecciono.

A lo que iba, algunos  son fáciles de cambiar la hora, vueltas a la ruedecilla y ya está terminado, sin embargo hay otros que tienen procedimientos complejos, y no es lo que diga yo, (otras personas lo han intentado) sino que hay que hacerlo con manual de instrucciones en la mano y seguir una traducción nefasta donde se explican los numerosos pasos que hay que dar, aún así no es sencillo el proceso.

Tengo la sensación de que estos modelos están hechos para resistir los cambios, no están de acudo con ellos y de esa manera se resiste, o quizás intentan evitar las estrías del tiempo y así nos evita el desasosiego que se produce cuando se cae en una de esas estrías. Dino Buzzati (1906-1972) en sus relatos nos deja con la intriga de si sucedió o no.

Les dejo con un relato recogido en  “Las noches difíciles”, Acantilado, 2010

 

ESTRÍAS DEL TIEMPO

El tiempo, ya se sabe, es irreversible. No obstante, como el fatal descenso de los ríos consiente aquí o allá regolfos, remolinos, contraolas, que casi podrías suponer excepciones a la ley de gravedad, así, en la inconmensurable trama del tiempo, de cuando en cuando se originan pequeñas hendiduras, obstáculos, estrías, que, por unos instantes, nos dejan suspendidos en una dimensión oculta, en los extremos confines de la existencia.

EL MÁRTIR

El pasado noviembre me dirigía en coche de Milán a Erba. Era una tarde, más que neblinosa, oscura y siniestra, de modo que eran pocos los conductores. Tras la rotonda de Monza, una vez enfilada la autovía hacia Inverigo, justo en la mitad de la primera curva larga, el cono de luz de los faros auxiliares alumbra a un joven el arcén de la calzada: alto, con un largo chaquetón de cuero hippie, abundante cabello rubio como electrizado formando una aureola, levanta las manos como implorando ayuda, con el rostro muy pálido con expresión de inmenso terror.

¿Qué es? ¿Qué quiere? ¿Por qué parece tan espantado? A esa hora, en aquel lugar desierto era para tener miedo. Pero la curiosidad fue más fuerte. Como joyero, además, yo viajo siempre con guardaespaldas.

Puesto que no es posible dar marcha atrás, bajo con mis dos gorilas armados hasta los dientes y, provistos de linternas, volvemos hacia el punto de encuentro, a unos trescientos metros de distancia.

Con estupor al acercarnos, reparamos en un grupito de personas confabulando al reverbero de los dos faros encendidos.

Al borde la carretera, el muchacho rubio con que os habíamos topado hacía quizá menos de dos minutos, yace en posición supina, con la boca entreabierta, en un charco de sangre, muerto. A su alrededor, los policías, contemplados por una veintena de curiosos surgidos de no se sabía dónde en aquella terrible noche, levantan atestado del caso. Y como controlando, de pie e inmóviles, cuatro guardias de uniforme desconocido.

El asunto es de tal modo extraño que estimo prudente no mencionar el encuentro un poco antes. Quién sabe qué problemas hubiera podido acarrearnos. Sin que lo adviertan, me largo con mis dos acompañantes, vuelvo al coche y reemprendo el viaje hacia Erba.

Ni mis acompañantes, que no son precisamente unos cretinos, ni yo logramos explicarnos lo sucedido. No dejamos de hablar de ello durante todo el recorrido, a la ida y a la vuelta. Hasta el punto de que, cuando regreso a casa, llegamos de nuevo, en sentido inverso, a la curva de las desdichas (todo está oscuro y aparentemente desierto), me detengo, bajo del coche, cruzo la autovía y voy a curiosear.

Allí donde pocas horas antes yacía el joven asesinado, hay una pequeña cruz de mármol y, debajo, una lápida:

AQUÍ . INMOLANDO POR LA LIBERTAD . LA GENEROSA JUVENTUD . CAYÓ VILMENTE ASESINADO ANSELMO TITO GAMBELLOTTI . 16 DE NOVIEMBRE DE 1986

Toco la cruz y la lápida. Están duras y frías. No he bebido. Lo que veo, lo ven también mis dos hombres de confianza, anonadados como yo.

Recuerdo de pronto que en el coche hay una máquina fotográfica con flash. Puede servir si hubiera que aportar algún documento. Vuelvo al coche, naturalmente escoltado por mis dos valientes amigos, cojo la máquina y vuelvo al lugar. Pero una voz en mi interior me dice: ¿para qué una fotografía? Sabes muy bien que no servirá de nada.

De hecho, a la luz de las linternas, ya no logramos encontrar ni la cruz ni la lápida. Unos hierbajos y nada más. Ni señal. Ni siquiera huellas recientes. Me pegunto: ¿Sucederá realmente lo que hemos visto esta noche? ¿O ha sido un sueño? El Anselmo Tito Gambellotti cuya juventud será inmolada por causa de la libertad (¿qué libertad?) ¿Y cuántos años tiene hoy? Si consiguiera encontrarlo, ¿podría ponerlo sobre aviso? ¿O ya está todo escrito?

 

TRABAJADORES Y DINO BUZZATI

15 marzo, 2010

Lo habitual en tiempos de crisis, ahora es oír cosas como:

“No hay cultura del ahorro”.

“Son proclives al absentismo”

“La productividad es muy baja”

“No somos competitivos”

“No hay interés en defender la empresa en la que trabajan. No hay espíritu de empresa”

“Quieren vivir por encima de las posibilidades de su salario”

Seguro que cada uno de ustedes tendrá alguna sugerencia para incluir en esta lista y les animo a que lo hagan, por lo menos como ejercicio mental después de leer periódicos y ver informativos.

Dino Buzzati en Las noches difíciles, Acantilado, 2010 explica así lo que seremos los trabajadores.

EL BATACAZO

Cuando en el corazón de la desmesurada metrópoli se entra en la ciclópea sede de la gran compañía, del poderoso banco, del mastodóntico periódico, y se llega, a través de un ir y venir frenético, al gran vestíbulo de los ascensores, desfile de puertas metálicas doradas que se pierden en el horizonte, coronadas por paneles luminosos por los que discurren los números a medida que el ascensor se desliza, cuadragésimo, cuadragésimo primero, cuadragésimo segundo… ¿Cuántas serán las cabinas del lift en el inmueble babélico? La puerta frente a la que yo espero se abre con un suave suspiro. Entro con otros veinte más. La puerta se cierra. Salida como el rayo porque este ascensor sólo funciona desde el trigésimo primero en adelante. En ese momento se oye un batacazo terrible que retumba en las tripas del rascacielos. Alrededor, nadie dice una palabra, pero los rostros han palidecido, parecen unos muertos. Sabemos perfectamente lo que ha sido ese batacazo. Se ha caído un ascensor. Sucede. Para ganar tiempo, acelerar el ritmo de productivo, hacer frente a la competencia feroz, los jefes aceleran los ascensores, veloces, rápidos, más rápidos, cada vez más rápidos. Y obviamente: alguno puede caerse; con carga humana, se entiende. Pero los bancos, las compañías, los periódicos son muy poderosos. Nadie violará el secreto. Nadie sabrá nada. No se publicará ninguna noticia. El desalojo de los despojos y la chatarra tendrá lugar a altas horas de la noche a puerta cerrada. Los familiares serán suntuosamente acallados. Tampoco se harán funerales. Un ascensor más o menos… [ob. cit. págs. 197-198]

Bueno, volvamos al trabajo, aunque ¿será mejor ir por la escalera?

OTRAS LECTURAS: LAS NOCHES DIFÍCILES. DINO BUZZATI

21 febrero, 2010

Dino Buzzzati [1906-1972] para mi es lo que llamo un autor de bocados cortos. Sus relatos recogidos en: Las noches difíciles, 2009; El Colambre, 2008 y Sesenta relatos, 2006, publicados en El Acantilado, son pequeñas dosis, historias cortas que te llevan a un ensimismamiento que casi te hace parecer ausente, lejos, pero que son estímulos para la reflexión.

El amor, la muerte, la felicidad, la seguridad, todo lo que nos afecta en nuestra vida cotidiana es materia de sus relatos, así me permito, una vez más sugerirle su lectura, pero esta vez además la fórmula para leerlos, que no es otro que la que uso. Estos relatos con entidad propia permiten que el orden y el ritmo lo establezcas en función de otras lecturas, de ahí lo de bocados cortos. Ahora Las noches difícil se intercala con la novela de Robert Litell, The Company, Alea, 2009. Espero que el relato sea sugerente.

LOS DÍAS PERDIDOS

Algunos días después de haber tomado posesión de su suntuosa villa, Ernst Kazirra, al entrar en casa, divisó a lo lejos a un hombre  que salía con una caja al hombro por una puerta secundaria de la tapia y la cargaba en un camión.

Antes de que pudiera alcanzarlo el hombre se había marchado. Así que lo siguió en el coche. El camión hizo un largo trayecto hasta más allá de las afueras de la ciudad, deteniéndose al borde de un cañón. Kazirra bajó del coche y fue a ver. El desconocido cogió la caja del camión, avanzó unos pocos pasos y la arrojó al barranco; estaba lleno de miles y miles de cajas iguales.

Se acercó al hombre y le preguntó:

-Te he visto sacar la caja de mi jardín. ¿Qué había dentro? ¿Y qué son todas esas cajas?

Él lo miró y sonrió:

-Quedan más en el camión, para tirar. ¿No lo sabes? Son los días.

-¿Qué días?

-Tus días.

-¿Mis días?

-Tus días perdidos. Los días que has desperdiciado. Los esperabas, ¿a que si? Llegaron. ¿Y qué hiciste de ellos? Míralos, intactos, todavía llenos. Y ahora…

Kazirra miró. Formaban una pila inmensa. Descendió por la escarpadura y abrió uno.

Dentro había un camino en otoño y al fondo Graziella, su novia, se iba para siempre. Y él ni siquiera la llamaba.

Abrió un segundo. Era una habitación de hospital y en la cama su hermano Giosuè, que estaba mal y lo esperaba. Pero él estaba fuera por negocios.

Abrió un tercero. En la verja de la vieja y mísera casa estaba Duk, su fiel mastín, esperándole desde hacía dos años, convertido en piel y huesos. Y él ni siquiera había pensado en volver.

Sintió que algo le oprimía ahí, en la boca del estómago. El descargador estaba de pie al borde del cañón, inmóvil como un verdugo.

-¡Señor! –gritó Kazirra-. Escúcheme. Deje que me lleve al menos estos tres días. Se lo suplico. Al menos estos tres. Soy rico. Le daré cuanto quiera.

El descargador hizo un gesto con la mano derecha, como señalando un punto inalcanzable, como diciendo que era demasiado tarde, que ya no había remedio posible. Luego se desvaneció en el aire al instante desapareció también el gigantesco cúmulo de cajas misteriosas. Caían las sombras de la noche. [ob. cit. págs… 22-23]

LECTURAS: EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS. DINO BUZZATI

30 junio, 2008

Hacía ya bastantes días que el invierno había caído sobre la Fortaleza cuando en el orden del día, fijada en su marquito sobre un muro del patio, se leyó una extraña comunicación.

“Deplorables alarmas y falsos rumores –estaba escrito-. Basándome en concretas disposiciones del Mando superior, invito a suboficiales, clases y soldados a no dar crédito, repetir, o en cualquier caso difundir voces de alarma, desprovistas d todo fundamento, sobre presuntas amenazas de agresión contra nuestros confines. Estos rumores amén, de inoportunos por obvios motivos disciplinarios, pueden perturbar las normales relaciones de buena vecindad con el estado limítrofe y difundir entre la tropa inútiles nerviosismos, nocivos para la marcha del servicio. Deseo que la vigilancia por parte de los centinelas se desarrolle con los medios normales, y sobre todo que no se recurra a los instrumentos ópticos no previstos en los reglamentos y que, a menudo usados sin discernimiento, dan fácilmente ocasión a errores y falsas interpretaciones. Quienquiera que posea tales instrumentos deberá notificarlo al respectivo Mando de sección, el cual procederá a retirar los propios instrumentos y a tenerlos bajo su custodia”.

Dino Buzzzati, El desierto de los Tártaros; Literatura Alianza, 1990. Pág. 202

Creo que es una fábula excepcional donde seguridad y libertad, elementos contrapuestos no mantienen el equilibrio y la estrechez de mira hace que se cambie libertad por seguridad como consecuencia del miedo, tan de actualidad. Recomendable