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LECTURAS: EL AMANECER DE UN MARIDO. HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

1 agosto, 2010

Después de El olvido que seremos, Seix Barral, 2007; y de Tratado de culinaria para mujeres tristes, 1996, llega El amanecer de un marido, Seix Barral, 2010, mientras he seguido leyendo a Héctor Abad como columnista, primero en la revista Semana de Bogotá y ahora en El Espectador. Tengo una especial predilección por lo que escribe este autor después de haber leído el Olvido que seremos, que creo que de lo mejor que se ha escrito en castellano en los últimos años.

En su última obra publicada, El amanecer de un marido, reúne varios relatos donde analiza los desgarros producidos por la ruptura de pareja. Ninguno de los dos sale indemne después de que la atonía, el cansancio y no se sabe cuántas cosas más diluyen lo que mantenía a la pareja. Son relatos llenos de dolor y en los que aparecen palabras duras, afiladas, cargadas de tensión, rencor y odio en muchos casos. Como son relatos casi de la vida misma y cada lector podrá cambiar el género de los personajes, acomodar cada historia a las que él conoce y así ponerle más cercanía, si cabe, a lo narrado por Héctor Abad.

He elegido algunos párrafos de una de las narraciones. Espero que les resulten sugerentes.

BALADA DEL VIEJO PENDEJO

“Si yo fuera capaz de decirle que el odio es una excusa excesiva, una palabra demasiado grande para este paulatino alejamiento que está hecho de tedio, de costumbre, pero que estos ladrillos son muy poca cosa para erigir el duro paredón del aborrecimiento. Que con el tiempo sus gestos se hayan vuelto puñales (ese girar el cuerpo y enseñar la espalda en el momento de mayor intimidad entre las sábanas, ese olvido de toda cortesía: no esperarme a comer, no saludar de beso, hablar siempre más largo por teléfono mientras estamos en la mitad de una respuesta) era tal vez inevitable en esta rumia de lo cotidiano, pero llegar al odio, llegar a esa palabra que le he oído pronunciar mientras hablaba con su mejor amiga y yo abría la puerta silencioso, sigiloso, como quien teme encontrar a un amante en calzoncillos o ya sin calzoncillos, que a mi oído la frase llegara clara, nítida: “Tú no sabes el odio que siento por él”, y “él” era yo, yo el aborrecido, porque poco a poco después ha dicho mi nombre, tan prosaico, Gustavo, y ha hablado de mí con alusiones inequívocas, mi barriga prominente, el tic que me hace mover la boca hacia el lado derecho, mis inútiles ideas a la manicurista para tratar de maquillar las uñas agrietadas por el tiempo…” [ob cit, pág. 97]

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INCITAR A LA DELACIÓN

3 febrero, 2010

Con lo difícil que ejercer la ciudadanía con plenitud, ahora algunos dirigentes populistas con ribetes dictatoriales quieren que sus conciudadanos se espíen, se vigilen unos a otros en busca de, posiblemente fantasmas que se materializan en personas que no son afectas al régimen. Chávez en Venezuela y Uribe en Colombia fomentan la denuncia como medio de controlar la población, aunque en sus manifestaciones públicas pretenden hacer creer que la delación se hace en defensa de una supuesta libertad y de la revolución en el caso del presidente venezolano, que impulsa una iniciativa legislativa: “Ley Orgánica de Contraloría Social”, para garantizar el control de quienes atenten contra revolución mediante la especulación.

El método al que acuden ambos presidente, en ocasiones parecen tan distantes, pero que les une mucho, no es nuevo, es tan viejo como las dictaduras. Fidel Castro también tiene sus milicias de control, Franco sostuvo una represión terrorífica fundamentada en el soplo, dejando a la ciudadanía indefensa; los estados totalitarios del este mantenían un control férreo de la ciudadanía, nadie quedaba libre del control por sus iguales, así que estos dictadores de nueva planta, homologados, según dicen, por su aval obtenido en unas elecciones repiten los mismos modelos. Me vienen a la memoria los casos del poeta Osip Mandelstan [1891-1938] y su famoso poema sobre Stalin, o la película La vida de los otros, 2007 del director Florian Henckel-Donnersmarck, ejemplos de las consecuencias de esa vigilancia ejercida sobre los ciudadanos.

Para seguir con el modelo, no nuevo, pero si renovado en América latina, Sergio Ramírez, escritor nicaragüense y figura clave en la revolución sandinista, está recibiendo un trato por parte del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, antiguo compañero en la revolución sandinista, que es hoy un fiel seguidor de su mentor Hugo Chávez, que en la misma línea, busca obstaculizar hasta la presentación de un libro en la universidad en la que estudió. No es una cuestión menor, es otro ejemplo de ese intento de eliminar cualquier oposición o crítica a su forma dictatorial de gobernar.

Álvaro Uribe, como decía lejos, al parecer, de las posiciones de los presidentes-populistas que integran el ALBA, copia el mismo modelo y Héctor Abad-Faciolince lo relata con la claridad habitual en un artículo de El Espectador , “Comités de defensa del uribismo” del pasado domingo. Nada nuevo que no hayamos oído, pero reverdece cada vez que estos megalómanos sienten que le zarandean en su sillón, símbolo del poder, y consideran a caso todo el mundo enemigo al que hay que controlar.

Viejos modelos que todos los dictadores copian. Nada cambia.

MANÍAS PARA LEER

26 mayo, 2009

Cuando el domingo pasado leía el artículo de Héctor Abad en El Espectador, titulado: “Los libros y la vida”, me volvieron a surgir las preguntas de siempre, aquellas que uno plantea sobre lo que hace y por qué lo hace. En este caso la lectura, que es más que una afición para convertirse casi en una adicción, buena, pero adicción. Me crea la lectura una serie de manías que voy a confesar públicamente, son confesables, de todas maneras, creo. La primera de esas manías es que cuando estoy limpiando el polvo en la habitación donde tengo parte de mis libros y en la que trabajo habitualmente, me detengo en libros que ya he leído, de forma aleatoria y sin ninguna predisposición previa, simplemente me paro lo saco de la estantería, lo hojeo, miro las notas que he escrito. Esto me sirve de recordatorio, a lo mejor me sugiere algo en ese momento o simplemente releo alguna página y luego lo vuelvo a colocar en su sitio. Esto quita tiempo, sí quita tiempo porque tienes que estar a lo que toca en ese momento y es la limpieza no la lectura, pero bueno, ya irás más rápido en otras tareas.

Otra de mis debilidades son las librerías, no me resisto entro a mirar tocar, oler, porque me gusta el olor al papel impreso, incluso el periódico cuando lo recojo en casa de Luis, es el estanquero, lo huelo y luego no lo presto hasta que lo haya visto yo, porque me gusta leer el periódico sin arrugar. Lo de entrar en las librerías y mirar y remirar, no se queda ahí, va más allá porque compro, no compulsivamente, pero compro, unos porque me interesan en ese momento otros porque me pueden interesar, pero siempre tengo una coartada para quemar parte de la nómina en libros. Tengo que reconocer que también soy afortunado porque me regalan libros, me los regalan las personas que saben que me gustan mucho y ese es el mejor obsequio.

Para no cansar también reconozco que leo acostado, es la mejor manera, es la postura en la que me encuentro más cómodo, aunque como soy “feisbucero” que soy una persona que conocí ahí me regaña, un poco, porque esa posición no es buena, sobre todo para mi cuello que lleva tiempo en rebeldía. Ah, se me olvidaba tengo que tener un lápiz cerca porque me gusta marcar frases, párrafos… cosas de las que leo. No doblo las puntas para marcar, sino que uso un marcador.

Bueno, pues esa son mis manías, que llevo cultivando desde hace bastante tiempo porque aunque no lo crean ahora no es una manía sino una debilidad lo que les voy a contar: no puedo pasar el día sin leer, eso es una debilidad y no poder hacerlo para mí sería casi, casi una tortura.

Les dejo con el artículo de Héctor Abad.

Los libros y la vida

Por: Elespectador.com

ALGUIEN DIJO ALGUNA VEZ QUE HAY tres tipos de personas: las que viven la vida, las que la escriben y las que la leen.

Si pienso en el primer tipo, recuerdo a un amigo mío, vividor, que —como me lo explicó una vez Santiago Gamboa— “se pasó la vida tratando de empezar una nueva vida”. Nada, ni lo más desaforado, le parecía nunca suficientemente vital. Empezó tantas vidas que no terminó ninguna y al final vivió con tanta intensidad cada una de ellas que resolvió que nadie le iba a quitar el último pedazo de vida que le quedaba y terminó quitándosela él mismo.

Del segundo tipo de persona, los que escriben la vida, o mejor, los que dedican la vida a escribir, no se me ocurre mejor ejemplo que el de Gustave Flaubert. Se impuso a sí mismo la rutina más sosa y carente de interés que pudo —repetitiva, sobria, retirada— con el único fin de vivirlo todo en su obra. Esto le dijo en una carta a Louise Colet: “Llevo una vida áspera, carente de toda alegría exterior y lo único que me sostiene es una especie de rabia permanente. Amo mi trabajo con un amor frenético y pervertido, como un asceta el cilicio que le araña el vientre. Escribo con regularidad unas diez horas diarias, y si me molestan, me pongo frenético. Ya no espero nada de la vida excepto unas cuantas hojas de papel que emborronar de negro”. Y este era su dogma práctico: “Hay que vivir como un burgués y hay que pensar como un semidiós”. [Leer más]

TENER SUERTE

10 marzo, 2009

Héctor Abad

Héctor Abad

Creo que tengo suerte y visto lo que hay, creo que tengo que es mucha suerte la que tengo. Considerarme una persona con suerte se fundamenta en una percepción particular, claro, y éste se extiende  a los ámbitos, personal, familiar y profesional. En fin a todo lo que me rodea, y de todo esto sólo voy a destacar un parcela, prosaica, pero vital. Nunca he tenido la sensación de perder el empleo, tampoco he estado en esa situación a lo largo de mi vida. Sí, es verdad, he tenido esa suerte y a lo mejor no la he valorado lo suficiente, pero cuando miro a mí alrededor comprendo más a quienes no encuentran su primer empleo, y cuando lo hacen cobran un salario indigno. A quienes han perdido su trabajo y tienen familia y una edad en la que la sociedad se empeña en decirle que ya es viejo, que con cuarenta y cinco años o más las oportunidades de trabajo se cuentan casi con los dedos de la mano, y el mercado no necesita de tu experiencia.

Hoy, por la situación que atravesamos se empieza a denotar un pesimismo latente y un desasosiego ante lo incierto del futuro. Mujeres y hombres que ven peligrar su puesto de trabajo y con él se va al traste la tranquilidad o el sosiego que da el levantarte cada día y saber que vas a trabajar. Los problemas no empiezan cuando estás en paro, empieza cuando se atisba en el horizonte el peligro para tu puesto de trabajo y es en ese momento cuando tiene que poner la barba en remojo. Héctor Abad lo describe muy bien en su artículo. Aquí se los dejo y espero que les resulte interesante.

La barba en remojo

Por: Elespectador.com

COMO LAS RESES CUANDO VAN POR el brete camino del matadero, y oyen los mugidos y perciben el olor de la sangre caliente, todos tenemos angustia por el desempleo que trae la recesión.

Hace poco El Espectador publicó unas frases entre cínicas y graciosas sobre ésta y los despidos: “Una recesión es cuando tu hermano pierde el trabajo; la depresión es cuando lo pierdes tú”. “Recesión es cuando a los suegros les toca irse a vivir a tu casa; depresión cuando te toca mudarte a ti a la casa de los suegros”. [Leer más]

PIRÁMIDES LEJOS DE EGIPTO

11 enero, 2009

Pirámides y clase media

hector-11Por: Héctor Abad Faciolince
DAVID MURCIA GUZMÁN Y ANDRÉS Piedrahíta son, en el fondo, dos colombianos típicos de este decaído momento moral de nuestra historia: vividores sin prejuicios, sagaces culebreros que se aprovechan de la sed insaciable por la plata.

El primero diseñó una pirámide para los estratos dos y tres; el segundo, para los que están muy por encima del seis. Ambos supieron tejer la telaraña de falsas apariencias, trampas infalibles en las que cayeron las nubes grises de mosquitos pobres y los solitarios moscardones de ricos colores. [seguir leyendo]

Creo Héctor Abad sabe que quienes no caen en las redes piramidales no lo hacen porque sean más listo sino porque no tienen que invertir, tampoco creen en los que venden dólares a cincuenta centavos ni se dejan embaucar por cantos de sirenas. Es una cuestión de pragmatismo, o por lo menos de claridad mental, por lo menos en lo económico, que no es poco.

CONSUMO SIN MEDIDA

9 noviembre, 2008

Consumo y depresión

Héctor Abad Faciolince | 8 noviembre 2008 – 10:00pm

Por: Elespectador.com

DECÍA LA ROCHEFOUCAULD QUE muchas personas no se habrían enamorado jamás si no hubieran oído hablar del amor. ¿No pasará lo mismo con la crisis financiera? Me explico: muchos norteamericanos están dejando de ir a los malls, su diversión más frecuente, su droga antidepresiva, y han dejado de comprar por comprar —que es su manera de entender la felicidad—, pero no porque hoy tengan menos plata que ayer, sino simplemente porque leyeron en la prensa y vieron en televisión que hay crisis económica.

En estos días los gringos están comprando tan pocas cosas, para los niveles de Estados Unidos, que en algunas tiendas ya están poniendo los avisos de rebajas, de SALE, que habitualmente están reservados para después de Navidad. Objetos recién llegados de las fábricas a los almacenes ya tienen el cartelito de 50% de descuento. Entonces me pregunto: ¿Cuántas personas habrían dejado guardadas sus tarjetas de crédito y cerradas herméticamente sus billeteras, si no hubieran oído hablar de la crisis? Las crisis financieras, por lo menos en un primer momento, no son asunto de pobres, de la gente que vive en el límite de la supervivencia y no tiene inversiones, sino algo que afecta a quienes tienen ya un buen nivel de consumo. La cosa, si no entiendo mal, ocurre así: un grupo de personas deja de pagar la hipoteca o la tarjeta de crédito; unos inversionistas ricos pierden plata con esta falta de pago, pues ellos viven de esos intereses. Se empieza a hablar de crisis, quiebran los bancos que más especulaban con préstamos impagables, y mucha más gente —por temor al futuro— deja de endeudarse para consumir. Los productos se quedan en los estantes, no hay más pedidos a las empresas, las empresas tienen que echar gente, las familias no compran sino lo indispensable, con lo cual empieza el desplome del sistema, en una caída que conduce hacia la depresión. [+]

Como es habitual en Héctor Abad Faciolince sus comentarios son certeros y muy oportunos. Esta vez le toca al consumo, al que se hace sin criterios y sin medida, “arañando la tarjeta Visa” sin piedad. Espero que les resulte intersante este artículo.

PAÍS, ¿QUÉ PAÍS?

2 noviembre, 2008

Fallas, lunares, orejas

Por: Elespectador.com

LAS PALABRAS QUE ESCOGEMOS PARA hablar sobre cualquier asunto no son neutras ni son siempre inocentes. Al usar una expresión en vez de otra, lo que estamos revelando es una actitud mental, bien sea de censura, de complacencia, o bien, como en el caso que voy a analizar, un intento por disminuir y casi minimizar la gravedad de los hechos.

La revista Semana, en su edición virtual, señala que el presidente Uribe les dio “otro jalón de orejas a los militares”. El ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, habló de “lunares” que no manchan por entero a la institución militar. Y el ministro de Justicia, Fabio Valencia Cossio, declaró que hubo “fallas cometidas por algunos miembros de la Fuerza Pública”. “Fallas, jalón de orejas, lunares”, esas son las expresiones que se usan. Tengan en cuenta que, en los tres casos, estamos hablando de crímenes atroces, es decir, de la desaparición, y posterior asesinato, de algunos jóvenes inocentes de Soacha y otras poblaciones o barrios pobres del país. Pero el lenguaje que emplean para comentar el castigo a semejantes crímenes, es el mismo que usaríamos para reprender, casi con simpatía, la indisciplina o las picardías de un grupo de niños en la escuela: jalarle las orejas por sus fallas a uno de los lunares de la clase.Naturalmente la purga de 27 oficiales y suboficiales es mucho más que un “jalón de orejas”, es una echada del colegio. Pero aunque la medida le dé una buena señal al Ejército, es insuficiente. Ante todo, no sabemos si todos los oficiales destituidos están implicados en esta masacre de jóvenes, o si entre ellos se aprovecha la ocasión para sacar oficiales por otros motivos inconfesables; se debería decir con claridad cuáles de estos militares, y en qué medida, están involucrados en el plan macabro (estilo neo-nazi) de “limpiar” los barrios de drogadictos, homosexuales, retrasados mentales o simples inconformes, mediante la carambola a dos bandas de engañarlos, alejarlos del sitio, y luego presentarlos como subversivos muertos en combate. Esto es atroz y no se resuelve con una simple destitución de militares. Habría que revelar la verdad completa de los llamados “falsos positivos” (ot

ro eufemismo del lenguaje para no hablar de terrorismo estatal), pedirle perdón a todo el país, y reparar a las víctimas (y cuanto antes, no dentro de quince años cuando lo ordene la Comisión de Derechos Humanos de la OEA). Está bien que Uribe, al fin, les hable duro a los militares, la institución más mimada y mejor financiada durante sus dos gobiernos, y que destituya a unos cuantos. Pero debería al mismo tiempo, como señalaba Rodrigo Uprimny en estas mismas páginas, comprometerse también con el apoyo al proyecto de ley que busca dar

reparación a las víctimas de los agentes del Estado. Es imperdonable que el Gobierno se oponga a una medida que es obvia en un país donde muchas veces ha sido el Ejército (en alianza con los grupos paramilitares, o con los narcos) el que ha cometido actos de una sevicia inaceptable contra la población civil. Cuando salieron a relucir los falsos positivos de Soacha, el Gobierno quiso tapar el escándalo inflando en los medios el crimen de un niño secuestrado y asesinado por su padre. Antes, cuando el Polo citó al ministro Santos para un debate sobre el premio a los

militares por matar falsos subversivos, hace años, se dijo que esas denuncias no eran más que calumnias de la oposición. Ahora resulta que no lo eran; las calumnias acabaron siendo verdades, y los falsos positivos deberían tener otro nombre: crímenes atroces más que homicidios simples. Ahora todos los ciudadanos tendremos que responder, con los impuestos, para pagar millonarias y justas indemnizaciones a las víctimas. Ojalá los militares implicados participen también con su patrimonio. Y ojalá estas destituciones no se queden en mera propagand

a, “jalones de orejas, fallas menores y pequeños lunares” de una institución intocable y ejemplar.

Dirección web

fuente:

http://w

ww.elespectador.com/opinion/columnistasdelimpreso/hector-abad-faciolince/columna87342-fallas-lunares-orejas

¿Ven lo que cuesta ser un país ordenado, organizado y con instituciones fuertes? Piensen y comparen lo que es un país como España -con todos sus defectos, problemas, monarquía y demás- con lo que vemos por esos “mares a fuera”. Ganar en respetabilidad de las instituciones es algo fundamental y soporte básico para creer en el Estado como esencia del desarrollo de la ciudadanía y sus derechos. Ante u juez hay que poner a aquellos que vulneran la ley por muchas chapas que tengan en el pecho y estrellas en las hombreras.
Héctor Abad pone los puntos sobre las íes

PAÍS, ¿QUÉ PAÍS?

2 noviembre, 2008

Fallas, lunares, orejas

Por: Elespectador.com

LAS PALABRAS QUE ESCOGEMOS PARA hablar sobre cualquier asunto no son neutras ni son siempre inocentes. Al usar una expresión en vez de otra, lo que estamos revelando es una actitud mental, bien sea de censura, de complacencia, o bien, como en el caso que voy a analizar, un intento por disminuir y casi minimizar la gravedad de los hechos.

La revista Semana, en su edición virtual, señala que el presidente Uribe les dio “otro jalón de orejas a los militares”. El ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, habló de “lunares” que no manchan por entero a la institución militar. Y el ministro de Justicia, Fabio Valencia Cossio, declaró que hubo “fallas cometidas por algunos miembros de la Fuerza Pública”. “Fallas, jalón de orejas, lunares”, esas son las expresiones que se usan. Tengan en cuenta que, en los tres casos, estamos hablando de crímenes atroces, es decir, de la desaparición, y posterior asesinato, de algunos jóvenes inocentes de Soacha y otras poblaciones o barrios pobres del país. Pero el lenguaje que emplean para comentar el castigo a semejantes crímenes, es el mismo que usaríamos para reprender, casi con simpatía, la indisciplina o las picardías de un grupo de niños en la escuela: jalarle las orejas por sus fallas a uno de los lunares de la clase.Naturalmente la purga de 27 oficiales y suboficiales es mucho más que un “jalón de orejas”, es una echada del colegio.[+]

¿Ven lo que cuesta ser un país ordenado, organizado y con instituciones fuertes? Piensen y comparen lo que es un país como España -con todos sus defectos, problemas, monarquía y demás- con lo que vemos por esos “mares a fuera”. Ganar en respetabilidad de las instiuciones es algo fundamental y soporte básico para creer en el Estado como esencia del desarrollo de la ciudadanía y sus derechos. Ante u juez hay que poner a aquellos que vulneran la ley por muchas chapas que tengan en el pecho y estrellas en las hombreras.

Héctor Abad pone los puntos sobre las íes

LECTURAS: RECETAS CULINARIAS PARA MUJERES TRISTES. HÉCTOR ABAD FACIOLINCE

4 mayo, 2008

Tengo debilidad por algunos autores, por ejemplo Coetzee, Abad Faciolince, Juan José Sebreli, entre otros. Cuando leo algo de un autor desconocido y e cautiva procuro saciarme con lo que hasta ese momento no conocía. Con Héctor Abad Faciolince me pasó eso exactamente después de leer su relato “El olvido que seremos”, recomendable para conocer lo que algo más que amor por un padre, incluida la admiración por el mismo.

He descubierto una obra  de Abad Faciolince publicada en 1997 y que se titula: “Tratado de culinaria para mujeres tristes”. Me ahorro los comentarios y los que lo lean ya opinarán.

1ª entrega

Nadie conoce las recetas de la dicha. A la hora desdichada vanos serán los más elaborados cocidos del contento. Incluso si en algunas la tristeza es motor del apetito, no conviene en los días de congoja atiborrarse de alimento. No se asimila y cría grasa la comida en la desdicha. Los brebajes más sanos desprenden su ponzoña cuando son apurados por mujer afligida.

Sana costumbre es el ayuno en los días de desgracia. Sin embargo, en mi largo ejercicio con frutos y verduras, con hierbas y raíces, con músculos y vísceras de las variadas bestias silvestres y domésticas, he hallado en ocasiones caminos de consuelo. Son cocimientos simples y de muy poco riesgo. Tómalos, sin embargo, con cautela: los mejores remedios son veneno en algunas. Pero haz la prueba, intenta. No es bueno que acaricies, pasiva, tu desdicha. La tristeza constipa. Busca el purgante de las lágrimas, no huyas del sudor, tras el ayuno prueba mis recetas.

Mi fórmula es confusa. He hallado que en mi arte pocas reglas se cumplen. Desconfía de mí, no cocines mis pócimas si te asalta la sombra de una duda. Pero lee este intento falaz de hechicería: el conjuro, sí sirve, no es más que su sonido: lo que cura es el aire que exha­lan las palabras.

RECOMENDACIÓN

2 julio, 2007

Indagando por esas páginas que aparecen en revistas y periódicos veo la referencia de un escritor y periodista, o al revés, colombiano llamado Héctor Abab Faciolince. Hasta ahora no he leído nada de él, pero quien me lo recomienda es de fiar, es mi hijo y lo es no porque sea mi hijo sino que tiene gusto y criterio suficiente para avalar las recomendaciones que hace. Es columnista del semanario Semana. com y como muestra va el artículo que aparece en el último número, que además trata un tema muy interesante: Vivir en la Ciudad, que ya comentaremos.

Desprecio de la ciudad y alabanza del campo

Según estudios serios, en los proyectos de vivienda popular donde se incluyen parques hay un 7 por ciento menos de delitos.

Por Héctor Abad Faciolince

De acuerdo con un documento de la ONU, antes de un año la mayor parte de la humanidad dejará de ser campesina. Según la proyección de los censos mundiales, dentro de poco, por primera vez en la historia del mundo, vivirán más personas en ciudades o en pueblos grandes que en el campo. Pasamos de vivir todos en el campo, en la prehistoria, y nos encaminamos a vivir todos en las ciudades, si la tendencia no cambia. La noticia es mucho más trascendental que nuestros odios políticos o que los crímenes de nuestros hampones de la ciudad y del campo.

Yo no sé si esto sea bueno o malo para el mundo, conveniente o pernicioso para las personas. Lo que sí sé es que vivir en el campo o en la ciudad son cosas tan distintas como el día y la noche, y que lo más común es que quienes viven en la ciudad tengan nostalgia por los deleites del campo, y que quienes viven en el campo sientan añoranza por las comodidades citadinas. Esta incoherencia no debe extrañarnos; en el fondo del corazón humano se agita una pasión que no se apaga y que podría llamarse la insatisfacción perpetua.

Estas ansias de cambio no son nuevas. Ya Antonio de Guevara, en su célebre Menosprecio de corte y alabanza de aldea, de 1539, escribió lo siguiente: “El estado que los otros tienen aprobamos y a nuestra manera de vivir condenamos. Velamos por alcanzar una cosa y desvelámonos por salir luego de ella. Imaginamos que viven todos contentos y que solos nosotros somos los desdichados, y lo peor de todo es que creemos en lo que soñamos y no damos fe a lo que vemos”. Los del campo consideran felices a los de la ciudad, y viceversa.

Yo nací en una ciudad y me he pasado toda la vida viviendo en ciudades, pero desde que tengo memoria no he hecho otra cosa que preguntarme si no sería mucho mejor irme a vivir al campo. Un poeta italiano, Giovanni Giudice, ha expresado este sueño con mejores palabras: “Los nidos, los huevos de dos yemas… no aquí, en otra parte, donde atraviesan la calle, de un bosque a otro, las ardillas, y la vida está cerca, el tirano invisible, y los hombres conversan sin afanes”.

Pero ¿por qué seguimos en la ciudad? Los que escapan del campo nos lo dicen: allá se aburren. No hay cine, no hay televisión, la escuela queda lejos y de universidad ni siquiera se habla. En la ciudad hay más tipos de trabajo, menos mal pagados, y se encuentra uno con más gente para buscar novia, marido o esposa. Los del asfalto y el cemento añoran el olor a boñiga; los de los bosques sueñan con una biblioteca, con un bar o con un acueducto. La ciudad neurotiza, dicen los unos. El campo idiotiza, dicen los otros. Y esto por no hablar de lo que es más inseguro: si una calle en Ciudad Bolívar o un potrero en el Magdalena Medio.

La tendencia, repito, es a ocupar las ciudades y a abandonar el campo. Los alimentos los producen cada vez menos campesinos con azadón y cada vez más industrias agrícolas con obreros que pasan la noche en ciudades cercanas a los sembrados industriales. Los pequeños agricultores, una especie en vías de extinción, tratan de resistir, pero salvo algunos cultivos posibles a escala familiar (vino, aceite, café, ciertas frutas) sucumben a la técnica que se suele llamar progreso.

¿Cómo vivir, entonces, en nuestras ciudades alejadas del campo? Una respuesta, tal vez, la tenga Berlín, la más campesina de las capitales del mundo. Berlín fue, durante 30 años, una ciudad-isla, una ciudad sin campo, y los habitantes de la parte occidental, rodeados de Alemania oriental, no podían ir al campo, no podían salir de la urbe (salvo un viaje en avión o por una autopista de cientos de kilómetros). La solución para la sed de volver a la naturaleza fue construir una ciudad verde: llena de parques, bosques y en general silenciosa como las montañas. A Berlín oriental, en cambio, donde sí podían salir al campo, la hicieron menos verde.

Richard Conniff cita algunos estudios de ecología urbana según los cuales para la salud física de los individuos y para el bienestar social de los ciudadanos, pocas cosas son tan benéficas como una ciudad verde. No podemos olvidar nuestro pasado milenario (venimos de los árboles y de la sabana, del campo abierto, de la orilla de los ríos). Hay un entorno ambiental que nos vuelve menos malos. Según estudios serios, en los proyectos de vivienda popular donde se incluyen árboles y parques hay un 7 por ciento menos de delitos que en las urbanizaciones sin árboles.

El hacinamiento daña, la falta de aire y de espacios verdes saca de nosotros lo peor. Entonces haría más por su ciudad un alcalde que reservara espacios verdes y plantara árboles, que un alcalde de esos que llenan las plazas de cemento. Los parques de las grandes ciudades europeas eran los cotos de caza de los nobles. Nosotros todavía tenemos una opción: los cotos de juego de este país sin nobles, o donde los nobles se llaman ricos: sus campos de golf. Hay que comprarlos, antes de que sucumban a la especulación inmobiliaria.

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