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LECTURAS: EL FIEL RUSLÁN. GUEORGUI VLADÍMOV

12 septiembre, 2014

 

            el fiel Ruslan  La literatura concentracionaria siempre ha tenido parra mi un extraño atractivo. No es grata o reconfortante su lectura, y en la mayoría de los casos mientras avanzas en los relatos más se te pega el estómago al espinazo por lo que en ellos se describe. El valor que tiene para mi este tipo de lecturas está en comprobar entre que extremos se mueve la condición humana que va desde la del opresor hasta la del oprimido. El detenido que sufre el peso de un sistema que busca su aniquilación de forma “científicamente estudiada”, en la que su condición de ser humano desaparece y su identidad, por ejemplo, queda reducida a un número y su cuerpo no es más que un depósito de dolores y angustias camino a la destrucción total. En el otro extremo quien personifica el sistema de aniquilación es alguien cercano, que golpea, que insulta, que aniquila directamente. No es un sistema, es una persona quien lo identifica, representa, dentro del cercado de alambradas y muros.

            La geografía de esta literatura concentracionaria es muy amplia, fundamentalmente y originaria de Europa, pero el paso del tiempo ha ido ampliando sus fronteras. La Alemania nazi, la Rusia soviética, Camboya, Cuba y su Guantánamo. No sigo, pero podríamos seguir poniendo banderitas en el mapamundi del terror.

            En El fiel Ruslán, Gueorgui Vladímov; Libros del Asteroide, 2013, el autor nos ofrece una óptica distintas, nueva en la percepción de la vida carcelaria. En esta ocasión Ruslán es un perro que vigila a los “harapientos” en un campo de trabajo en Siberia, donde los hombres tienen a talar árboles. El momento de la narración es desasosegante para nuestros ojos/perro, pues el campo se queda vacío de “harapientos” sus amos también desaparecen, ya no es imprescindible. Desde esta perspectiva se vive la vida en un campo de trabajo en el que (da igual donde sea) se reiteran las escenas de degradación y deterioro humano. Vladímov lo cuenta con sencillez, pero con un realismo en el que llegas a percibir al “harapiento” por el olfato.

            Les dejo con un texto por si les resulta interesante.

           Gueorgui Vladímov “La ropa del Harapiento podía descomponerse de lo gastada que estaba y podía reemplazarla por otra, pero la piel no podía cambiarla y seguiría encerrando en sus poros, hasta que no se descompusiera esta a su vez, ese olor imperecedero, irremplazable: el olor de la ropa lavada y recalentada para despiojarla, impregnada cien veces en el abundante sudor de la debilidad, el olor a enfermedad y a medicinas que no habían curado ni una sola enfermedad, porque todas se llamaban igual: “espera inútil”, olor a fogata que se contemplaba durante largo rato con pupilas dilatadas, tratando de mantener vivo un hálito de esperanza, y el olor de las mismas esperanzas que le quemaban en los músculos flácidos; olor a catres duros, capaces, no obstante, de regalarle un sueño profundo como la muerte, refugio extremo del corazón exhausto; olor a miedo, a melancolía y de nuevo a esperanza, olor a sollozos sordos sofocados en el colchón y enmascarados en accesos de tos.” [ob. cit. págs. 74-75]

LECTURAS: BAJO UNA ESTRELLA CRUEL. HEDA MARGOLIUS KOVÁLY

21 marzo, 2013

               bajo una estrella cruel portadaConfieso que todavía no he terminado de leer Bajo una estrella cruel. Una vida en Praga 1941-1968, Heda Margolius Kovály (1919-2010); Libros del Asteroide, 2013. No es mi costumbre escribir sobre una obra inacabada, pero en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, lo voy a hacer y básicamente por lo que he leído cuando llegué a la página 100 y que dentro de poco voy a transcribir, y lo hago porque lo que dice viene a la actualidad como anillo al dedo, como mandado a pedir por encargo. Además, y a título orientativo no es literatura concentracionaria como en un principio se pueda pensar y ya directamente catalogarlo como “un libro más sobre el Holocausto”. No, no es así, pero esa parte tienen que descubrirla si les apetece su lectura, y sobre todo como Heda a su sufrimiento une el escepticismo por el camino a tomar después de finalizada la guerra. Me reprimo y no les cuento más, pero si transcribo lo que leí en la página 100.

            “Aun así, yo no quería meterme en política. Me decía una y otra vez: “lo único que quiero es una vida normal y tranquila”. Pero acabé dándome cuenta de que una vida tranquila y sencilla ni es normal, ni se logra fácilmente. Para poder vivir y trabajar en paz, criar hijos y disfrutar de las pequeñas y grandes alegrías que ofrece la vida, no sólo es necesario encontrar la pareja adecuada, escoger la ocupación adecuada y respetar las leyes del país y de la propia conciencia, sino, sobre todo, debe existir una sólida base social sobre la que construir dicha vida. Es necesario vivir en un sistema social con cuyos principios y fundamentos uno esté de acuerdo, bajo un gobierno en el que se pueda confiar. No se puede construir una vida privada feliz en una sociedad corrupta, del mismo modo que no se puede construir una casa sobre el fango, hay que poner antes los cimientos”.

 

            Pues después de leer esto a mi me queda poco que añadir sobre el particular y seguiré con fruición en la lectura, porque seguro que me aguardan páginas que van a estremecer. Espero que el párrafo anterior despierte su curiosidad y decidan que Heda y su obra son merecedoras de su tiempo. Que la disfruten si concluyen leerla.

LECTURAS: EL IMPERIO DE LAS MENTIRAS, STEVE SEM-SANDBERG

24 junio, 2012

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Creo que me voy a rendir, que ya he llegado a la página 386 de El imperio de las mentiras, Steve Sem-Sandberg; Mondadori, 2012 y me resulta imposible digerir a un personaje como Mordechai Chaim Rumkowski. Llegar a la página seiscientas cincuenta y siete se me antoja una tarea difícil, muy difícil.

Esta deserción merece una explicación porque no es habitual que deje un libro a medias y menos cuando el tema me interesa mucho, así vayamos con los datos y la explicación pertinente. Steve Sem-Sandberg, noruego; 1958, autor del que no conocía nada de lo que ha publicado, pero su incursión en lo que se podría llamar “literatura del holocausto” le ha dado un prestigio singular al abordar un capítulo muy controvertido, así como el personaje central de esa historia.

A partir de la Crónica del Gueto, (Lódz) documento de más de tres mil páginas Steve Sem-Sandberg escribe su novela, El imperio de las mentiras, amplia, documentada, compleja por los numerosos personajes, sus interrelaciones y lo vidrioso del tema. Desde el pragmatismo más puro intenté leer esta novela y buscar lo elementos que sustentaran el principio de Mordechai Chaim Rumkowski, “la salvación de algunos judíos, dependería de que otros tendrían que ser sacrificados”. Este “rey” del gueto, ambicioso es el calificativo menos hiriente que se me ocurre, así que de ahí para arriba se pueden añadir los que quieran. No, no he encontrado esos elementos en lo que he leído, al contrario cada página, cada mención de este personaje más lo acercaba al tirano esclavista supeditado a la maquinaria nazi del exterminio y de la explotación de sus conciudadanos. Hay otros elementos para ser repudiado, pero los dejo para su lectura. La sumisión ante las autoridades alemanas: “La tarde del 3 de septiembre de 1942, las autoridades volvieron a convocar a l Presidente del gueto. Él se presentó ante ellos con su actitud habitual, la cabeza gacha, las manos colgando a los lados” [Ob. cita pág. 257] contrastaba con el despotismo ante los iguales. Su capacidad de decidir sobre la vida de los demás le había endiosado.

He leído descalificaciones de los supervivientes del holocausto, que de forma generalizada los colocaba al nivel más bajo imaginable, Laura Adler, biógrafa de Hanna Arendt, recoge de un miembro del Jewish Committe: “Los que han sobrevivido no son los más aptos, sino mayoritariamente los judíos más bajos, que mediante la astucia y los instintos animales pudieron escapar”. No menos sangrante: “Huyeron como ratones, se escondieron como chinches y murieron como perros” Hair Nahman, poeta, quizá podría explicar esta palabras. A pesar de “estar curtido” no he podido continuar con lo que se cuenta de Mordechai Chaim Rumkowski, espero que ustedes si lo desean lo puedan hacer y cuenten su experiencia.

Les dejo con algunos párrafos donde se ilustra su principio del trabajo para la salvación, el resto lo averiguan si leen esta novela.

“A los demás niños del gueto intentaba salvarlos de forma más concreta. La ecuación era después de todo, bastante simple: cuantos más niños pudiera poner a trabajar, más niños eximirían las autoridades.

            Ya en marzo de 1942 había comenzado a crear talleres especiales de aprendizaje para niños y niñas de diez a diecisiete años […] Tras algunas semanas de formación, a los más capacitados se les destinaba a un turno de producción en la Sastrería Central, donde debían trabajar bajo la supervisión de unos inspectores que se paseaban por la fábrica recriminando cada error y cada minuto perdido. La tarea de los niños era confeccionar gorras especiales de camuflaje para el ejército alemán, con una capa exterior de tela blanca para la campaña bélica de invierno y otra interna de color gris para el combate en terreno normal. […] hacia el mes de julio de 1942 ya había logrado crear puestos de trabajo fijo en el sector de la confección para más de mil setecientos niños del gueto mayores de diez años. […]

            […] Pero mientras fortificaba así las murallas de la ciudad de los trabajadores, el desmoronamiento seguía sin tregua:

             Ya a finales de abril habían empezado a llegar noticias de las masacres de Lublin.

            Más tarde (junio): Pabianice y Biala Podlaska. Cuarenta vagones llenos de mujeres y niños procedentes de Biala Podlaska habían desaparecido sin dejar rastro.

            A veces, sentado tras las puertas cerradas del Secretariado, tenía la impresión de allá fuera se estaba produciendo un gran corrimiento de tierras. Como si los cimientos de la realidad misma hubiesen cedido” [ob. cit. págs. 235-236]

LECTURAS: UN VIAJE. H. G. ADLER

17 octubre, 2010

No, no busques en estas páginas y conducido por el título un libro de viajes al uso. No esperes de esta obra, ni del autor, claro, una guía donde el viajero puede encontrar consejos sobre qué visitar, donde comer o pasear, tampoco encontrará ninguna reseña sobre dónde hospedarse.

Hans Günther Adler en el relato que construye en Un viaje, Galaxia Gutenberg; 2010 en su condición de judío perseguido por el régimen nazi, recrea el tránsito desde la condición de humano hasta la negación de la misma, la “cosificación” de las personas, de la identidad a la no identidad, en definitiva de la vida a la “no vida”, que no la muerte.

El personaje del doctor Leopold Lustig, doctor en medicina general, junto con su familia encarnan ese tránsito en el que de manera circular cada vez se va estrechando cada uno de ellos y ve nuestro doctor como se le va despojando de su condición de humano de forma inexorable, sin explicación y sin nada que sea una referencia para quien sufre tal situación.

En un solo capítulo, Presagios H. G Adler desgrana cada una de las situaciones en las que se coloca a los perseguidos y como los círculos se van cerrando cada vez más. Desde la incredulidad, el no creer que algo así pueda pasar nuestro doctor sigue sufriendo cada vez más, aunque siempre guarde la esperanza de sobrevivir, de escapar a esa pesadilla en la que está envuelto.

Les dejo con algunos párrafos. Espero que les resulten interesantes.

 

“-Pero no puede ser tan malo, porque no está muy lejos y tenemos un punto de destino concreto. [pág. 12]

…¡Consolaos con el pasado! Nadie os preguntó por el derecho que asistía cuando colocasteis en la puerta de la casa y en la puerta de vuestro piso esa placa: Dr. LEOPOL LUSTIG. MEDICINA GENERAL.

Eso se os concedió por pura magnanimidad, y vosotros lo habéis disfrutado… [pág. 26]

-los pisos desocupados muchas veces los desvalijan.

-¿Los desvalijan?

-Los desvalijan y tienen que entregar la llave. [pág. 35]

La historia de la Humanidad habla de riqueza y dominación, sus cuentos y leyendas nos transmiten lo mismo. La faz de la Tierra, en la medida que el hombre le ha conferido nuevos rasgos y la ha transformado, no es sino un campo de cicatrices que esa locura cultivó y abandonó. [pág. 86]

En nombre del derecho se estableció la falta de derechos. [pág. 87]

Quien tiene un nombre disfruta de la existencia y no ha sido excluido de la comunidad de este mundo en la que toda criatura está en gozosa posesión de un nombre. ¡Alegraos todas las naciones, porque tenemos un nombre! [pág. 88]

-Mami, ¿quiénes son esos hombres tan sucios?

No, esa pregunta no la soportarían las buenas madres, porque habrían de mentir –“¡pobres hombres!-, y eso no es de recibo, o habrían de decir la verdad –“¡abortos del infierno!- y eso tampoco es de recibo. [pág. 116]

Ni siquiera podemos mostraros un certificado de defunción, no lo extendían. ¡Miradnos bien! Somos aquellos que conocíais. No podemos haber desaparecido por completo de vuestra memoria sólo porque la mayoría de nosotros ya no estemos aquí. ¡Pero no todos han muerto! ¡Creedlo, por favor! [pág. 255]

 

LECTURAS: EL SÉPTIMO POZO. FRED WANDER

3 octubre, 2010

Fred Wander [Viena, 1917-2006] logra en El séptimo pozo, Galaxia Gutenberg, 2007 dignificar, si cabe, algo más la llamada literatura concentracionaria. No es una mera descripción de horrores, sino que logra abstraerse del papel de víctima y colocarse como observador, con lo que, desde cierta ficción, se disminuye la emocionalidad del narrador/víctima.

Desde la dicotomía formada por el binomio de “El bien y el mal” logra encuadrar a los protagonistas de cada uno de los capítulos del sétimo pozo. Dignifica desde la descripción y los matices del protagonista central en cada caso y quienes le acompañan, aún reconociendo que la condición de víctima no hace a los individuos homogéneos, salvo en el trato recibido. Cada uno de ellos es como es y así lo retrata Fred Wander. Frente a la singularización de las víctimas, casi despersonaliza a los verdugos que son en toda la obra los “los de bota alta”, a los que les reconoce el poder de infligir daño, pero no de “cosificar” a las víctimas, que lo intentan, pero el afán de supervivencia, el ánimo que se comparte y la lucha por la vida les hace resistentes frente a “los de bota alta”.

Recomendable su lectura, pero a sabiendas que el estómago se nos estrujará y que tendremos que cerrar más de una vez el libro para soportar lo que Wander nos transmite, les dejo con algunos párrafos. Espero que sean sugerentes.

El ser humano carga piedras, arrastra madera, revienta piojos con las uñas, se pelea por una patata, busca un clavo oxidado en el camino para poder colgar por la noche su chaqueta de la pared del barracón, cose mitones de un trozo de toldo que ha robado, se aprieta las heridas, se lamenta, gime, reza y también llora en la oscuridad, aprende a sonarse la nariz con un dedo –la espalda al viento-, se envuelven harapos sus pies enfermos, asa una patata después del trabajo y devora su ración de pan. ¿De qué vive el ser humano?

Mientras arrastra madera y revienta piojos con las uñas, su alma humillada se recoge en profundos espacios desconocidos. Observa a los compañeros de prisión como un hombre que ha caído bajo una manada de lobos y está esperando que lo descubran y lo descuarticen. Pero escucha hacia dentro, se asombra del patético rostro del muerto, se asombra de un cristal de hielo, respira llenándose la nariz del perfume de los bosques puros y busca, busca las desaparecidas huellas de belleza en su vida, busca de pronto a un compañero que pueda escuchar, y cuando lo encuentra se extasía de pasado, despliega un cuadro ante el otro. Porque tiene que sacarlo a gritos: ¡Soy un ser humano! ¡A mí me respetaban!, le gustaría exclamar. Me amaban, tenía un hogar, una mujer e hijos, tenía amigos. Hice el bien y no exigí ningún agradecimiento a cambio. He visto cosas hermosas, conozco el olor de las ciudades antiguas. Podía haber hecho todo y haber alcanzado todo, si no lo hice, si no lo alcancé fue sólo porque no sabía, no tenía idea…” [ob. cit. págs. 23-24]

SENSACIONES

28 julio, 2010

Si nada se tuerce en los próximos días podré visitar el campo de concentración de Sachsenhausen. No, no lo haré como un turista consumidor de lugares del terror en el mundo, tampoco lo haré como un simple turista insensible, ajeno a un pasado que ha doblado hasta casi fracturar lo que la Ilustración forjó con mucho esfuerzo, dolor y sangre, mucha sangre derramada por alcanzar unos derechos.

Mi visita a un lugar como este tiene mucho que con las lecturas, con lo que me han transmitido Primo Levi, Boris Pahor, Jean Améry, Aharon Appelfeld, entre otros, muchos, que describen lugares de horror, creados para eliminar a seres humanos.

Confieso que mientras he leído sus relatos se me encoge el estómago hasta el punto de tener que dejar la lectura porque la congoja me impide continuar. Son relatos que si tienen un denominador común, éste pasa por conseguir trasladar al lector las sensaciones de dolor, de hambre de considerarse muerto en vida, y aún así intentar sobrevivir sacando fuerzas de donde no las hay. Todo esto lo he vivido en mis lecturas, igual que las descripciones que hacen de esos lugares inmundos, sin embargo no me resisto a ver con mis propios ojos un lugar así.

Es verdad que estos lugares se han banalizado, se han convertido en un lugar más en una ruta turística y hay ocasiones que ocurre lo que le ocurrió a Boris Pahor cuando al cabo del tiempo volvió al campo donde había estado encerrado, Natzweiler-Struthof, y se había encontrado cara a cara con el horror y la aberración más inconcebible de nuestra historia, tal y como la cataloga Claudio Magris en el prólogo de Necrópolis de Boris Pahor.

Estoy seguro que no me va a pasar como lo que relata el propio Boris Pahor en su ensayo Necrópolis cuando visitaba de nuevo el campo después de muchos años y coincidió con un grupo de turistas. Lamentable, pero cierto.

“La gente está dentro del barracón, de manera que el lugar en este momento está solitario, y las escaleras a la izquierda y a la derecha se elevan torpemente hacia la primera terraza y hacia el cielo blanco y azul celeste. Y así ha de ser, porque no tengo ganas ni de conversar ni de palabras, ni de gente. Sin embargo, sé que acabo de agudizar el oído para escuchar sus gritos sofocados, preparándome para resistirme a sus suspiros e inclinaciones de cabeza, como también a sus observaciones tranquilas y serenas. Hace poco dentro de la multitud, una voz femenina ha preguntado: Qu’est-ce que c’est ça? Y una voz masculina ha respondido: Le four. Y la voz femenina de antes ha dicho: Les pauvres. Todo estaba lleno de gente que se ponía de puntillas para ver las cenizas y los pequeños huesos en las vasijas, mientras yo seguía sin comprender cómo puede alguien al lado de un horno tan grande preguntar qué es; pero esta imprudencia a la vez me tranquilizaba porque me confirmaba realmente que el ritmo con que se despierta la conciencia humana es desesperadamente vago. Esto significa que estaba casi satisfecho al saber que nuestro mundo del campo de concentración es intransmisible, aunque no puedo decir que este conocimiento me haya apaciguado [ob. cit. pág. 68]

KZ-Natzweiler Struthof

VALOR: NECRÓPOLIS. BORIS PAHOR

27 julio, 2010

Algunas palabras han perdido peso por un uso indiscriminado y poco adecuado. Ahora todo es una proeza, una heroicidad. El tener o demostrar valor se aplica a lo que en ocasiones sólo es un simple esfuerzo físico y poco más. El valor es algo más, algo que implica una concepción de la vida distinta, que pones en riesgo la tuya de forma altruista por la de otra persona. Eso puede ser una muestra de valor, y como ejemplo este texto de Boris Pahor en Necrópolis, Anagrama, 2010. Espero que les sea sugerente y les anime a su lectura.

“Sólo los chicos encargados del fichero de prisioneros enfermos del bloque 2 lograban de vez en cuando salvar a alguno de los que habían sido elegidos para ser ejecutados; pero lo arriesgaban todo porque si los hubieran descubierto, también ellos

a media mañana habrán bajado las escaleras para dirigirse hacia los ganchos. Franc, por ejemplo, el larguirucho Quijote de Liubliana, cordial, espabilado y lleno de sentido de humor, pudo hacerlo. De manera que cuando el esman [miembro de las SS, vigilante del campo] venía con la lista del Entlassung [¿fallecidos], empezaba la acción frenética de salvar al menos a uno de los condenados, a veces hasta dos, pero como una excepción, claro está, para, guárdeme Dios, no despertar ninguna sospecha. Al muerto que yacía ene l suelo del baño, en el waschraum [baño], y que esperaba a que lo llevasen allí abajo, se

le ponía en el dedo un papel con el número de uno de los condenados en vez del correcto, el suyo. El chico salvado cambiaba de nombre y de número, por lo cual había que mandarle cuanto antes con alguno de los transportes de trabajo fuera del lager [campo de concentración]. Es cierto que estos grupos de trabajo tenían un futuro incierto, pero al menos el hombre

había escapado del gancho. Sí, es verdad, pero cada vez que el esman se acercaba, Franc tenía que controlarse con todas sus fuerzas para no revelar su temblor. [ob. cit. pág 65]


LECTURAS: NECRÓPOLIS. BORIS PAHOR

18 junio, 2010

No, no es verdad eso que repetimos con frecuencia y que aceptamos sin cuestionar el contenido de la afirmación. No es verdad que una imagen vale más que mil palabras. Más que mil palabras, valen dos mil, tres mil o las que quieran, pero no una imagen.

Tampoco oculto mi interés por la imagen, su valor como testimonio, como detonante para una reflexión en el espectador atento y observador. No oculto y menos niego el valor de la imagen, pero creo sinceramente que tiene fronteras que no puede traspasar y son esas barreras que las palabras como sortean con facilidad y llegan allí donde se destapan las emociones o donde se encoge el estómago por el dolor, la pena, el desamor y ¡cuántas cosas más!

Boris Pahor en Necrópolis, Anagrama 2010, lo explica como nadie, por eso aprovecho para traer el texto en el que alude a las imágenes, y de camino recomendar su lectura que nos servirá para ponernos de cara ante el horror, ese horror fruto de la aberración humana que parece inconcebible pero que se materializó, y que lo hizo donde también vio la luz la Ilustración, en la Europa de nuestros pesares, aunque también de nuestras esperanzas.

Les dejo con algunos párrafos de Necrópolis. Espero que los disfruten.

“Pero supongo que esta experiencia no se limita a un campo de concentración; en la vida cotidiana debe ser lo mismo. Me pregunto qué se imaginarán los visitantes que rodean al guía; sólo unas fotografías ampliadas con una multitud de cabezas rapadas, pómulos salientes, mandíbulas parecidas a las cerraduras, colgadas en el interior de los barracones, podrían hacer aparecer en la pantalla de la imaginación del visitante una imagen aproximada de aquella realidad. Pero ningún panel podrá jamás ilustrar el estado de ánimo de un hombre que tiene la sensación que el tazón de hierro de su vecino contiene medio dedo de líquido amarillo más que el suyo. Está claro que podría reproducirse la expresión de los ojos con esa mirada especial que crea el hambre; pero jamás podría captarse el desconsuelo de la cavidad bucal, ni tampoco los movimientos automáticos del esófago. Cómo podrá, entonces, una fotografía mostrar los matices últimos de la lucha interior invisible, en la cual los principios de la buena conducta en la que habíamos sido educados ya hacía mucho que había sido derrotados por la ilimitada tiranía del epitelio estomacal.” [ob. cit. pág. 34]

LECTURAS: NECRÓPOLIS PRÓLOGO DE CLAUDIO MAGRIS

13 junio, 2010

Después de leer “Educación siberiana” de Nikolái Lilin; Salamandra, 2009 me apetecía rebajar la tensión en las lecturas, buscar un cierto remanso en lo que leería a continuación. Así lo hice, aproveché que había cobrado y le di un arañazo profundo a la tarjeta. Fruto de ese arañazo cayeron, entre otros, dos novelas editadas por Impedimenta, dicho sea de paso, me encanta el formato de edición, la textura del papel e incluso el aroma es distinto. En fin leí, casi de un tirón “La librería” de Penélope Fitzgerald, Impedimenta, 2010 y “La hija de Robert Poste” de Stella Gibbons, también de Impedimenta de este año 2010. Deliciosas ambas y muy recomendables. En medio han ido cayendo, en pequeñas dosis, los poemas de José Emilio Pacheco recogidos en “Tarde o temprano” [Poemas 1958-2009] de TusQuets editores, 2010. Ya las comentaré, pero mientras llegó a mis manos “Necrópolis” de Boris Pahor donde el horror se hace presente con toda su crudeza y sin que su autor, que cuenta su vivencia en un campo de presos judíos de muestras de resentimiento cuando vuelve al campo después de muchos años como “turista”. Fluyen los recuerdos, el dolor y las vivencias donde la vida no valía ni el peso del aire que se respiraba.

Casi no lo he leído, pero si he releído con verdadera fruición el prólogo de Claudio Magris a esta obra, que como siempre afina sus reflexiones de manera que las ideas expresadas tienen la nitidez y la transparencia que le dan argumentos sólidos como el granito. Me quedo con lo que expresa sobre los nacionalismos, que me parece concluyente. Ya comentaré sobre el resto de obras que he leído, pero con más calma.

El fascismo y el nazismo ciertamente surgen de los nacionalismos, pero no sólo de ellos, sino de una reacción particular (étnica, social, económica, política, cultural, e incluso a veces religiosa) a la renovación radical que, con la Primera Guerra Mundial y las sucesivas guerras, ha destruido el viejo orden europeo. Para desactivar su mecanismo mortal es necesario destruir cualquier fiebre de identidad, cualquier idolatría de identidad nacional, auténtica cuando se vive con sencillez, pero falsa y destructiva cuando se ensalzan ídolos o valores absolutos y se tienen delirios de superioridad sobre los otros. [ob. cit. pág. 14]

OTRAS LECTURAS: EL NIÑO AFORTUNADO. THOMAS BUERGENTHAL

12 octubre, 2009

Dentro de la literatura concentracionaria para los especialistas pasaría por un título más, como una visión más esta obra, El niño afortunado de Thomas Buergenthal, Plataforma Editorial, 2008. Un testimonio del horror que se suma a los muchos que se pueden encontrar en la amplia bibliografía que hay sobre este tema; tampoco es novedad que el testimonio sea de un menor, ya que hay varios ejemplos, desde el de Ana Frank, que no vive directamente el mundo de los campos de exterminio a los de Aharon Appelfeld y el propio Imre Kertész, premio Nobel. ¿Dónde está el entonces el valor de la obra? En primer lugar en lo que significa como testimonio, es un valor “per se” en cuanto es testimonio de hechos que el relato de los mismo forma parte del patrimonio que nos han legado quienes han sufrido las consecuencias del horror nazi. En segundo lugar “lo distinto” de este caso está en el tono de la narración de Buergenthal cuando relata su pasado y ha sobrevivido al mismo sin caer en el síndrome de culpabilidad en el que cayeron otros sobrevivientes como Jean Améry o el mismo Primo Levi que acabaron quitándose la vida. Buergenthal, dentro del dolor y el sufrimiento al que estaba sometido, hoy, después de los horrores que sufrió, mantiene que ha tuvo suerte, suerte que le permitió los momentos más difíciles y cruciales de su recorrido por los campos y cuando su vida pendía de un hilo tan fino que nadie daría lo más mínimo por ella.

Hoy Buergenthal ocupa un puesto como juez en la Corte Internacional de Justicia. hasta ahí ha llegado después de las vicisitudes que narra en la primera parte de su biografía y cómo emigra  a los Estados Unidos donde realiza estudios de derecho hasta especializarse en derecho internacional, sobre todo en la defensa de los Derechos Humanos. Su óptica como juez de la Corte Internacional para valorar los horrores a los que nos tiene acostumbrado este mundo de hoy es un tanto especial y sabrá valorar en su justa medida aquellos casos en los que la carencia de derechos conduce  a la degradación humana.

Les dejo con algunos párrafos de su obra, aquellos que explican por qué dice que fue un niño con suerte. Que les resulten interesantes.

“Años más tarde, cuando me hablaban sobre Auschwitz y me preguntaban cómo era, solía responder que tuve suerte de ingresar en Auschwitz. Semejante respuesta casi siempre era recibida con sorpresa. Pero yo sabía muy bien lo que decía. Casi todos los que llegaban a la plataforma ferroviaria de Birkenau tenían que pasar por el llamado proceso de selección, en el cual los niños, los ancianos y los inválidos eran separados del resto de la gente a su llegada y conducidos directamente a las cámaras de gas. Nuestro grupo se libró del proceso de selección. Seguramente, los oficiales de turno de las SS no procedieron a la selección por asumir que, como nuestro tren provenía de un campo de trabajo, ya se había eliminado a los niños y las demás personas no aptas para trabajar de haberse producido una selección, me habrían matado incluso antes de ingresar en el campo. A eso se refería mi frívolo -comentario sobre mi suerte por haber ingresado en Auschwitz.” [Ob. cit. págs.]