Posts Tagged ‘Rafael Chirbes’

TENÍA QUE DECIRLO

19 mayo, 2013

           237 Desde hace algunos días estaba intentando sentarme a escribir un rato sobre libros que leo, no piensen que hago crítica literaria, sólo leo y cuento lo que de esas lecturas extraigo, pero hace algo más de quince días se convocó una huelga, otras más, para rechazar en la calle la nueva reforma/contrarreforma del ministro Wert, y como es costumbre me sumé a la misma. No está escrito en ningún lado, pero en cada ocasión que se atenta contra la enseñanza pública o me meten la mano en el bolsillo para depauperar más, si cabe, mi salario allí estoy yo, de esta manera contribuyo con la consiguiente deducción a la apertura de los colegios en verano, la “inmersión en inglés” prometida, aunque no se sustituya a los profesores de baja, curiosamente de inglés.

            Con poco ánimo me fui a Weyler, allí arrancaba la manifestación, para ver las caras de siempre, con más arrugas, más michelines y canas, pero casi los mismos, salvo los que han sacado pasaporte para el más allá. Algún jubilado había, pero escasos en número. En fin, lo dicho allí de nuevo, pocos, pero no cobardes, aunque antes me fui a la presentación del nuevo libro de Miguel Ángel Aguilar, España contra pronóstico, Aguilar, 2013 en el Parlamento de Canarias. Este acto acabó con mis esperanzas porque la patética presentación de Antonio Castro Cordobez me llevó a la conclusión de que debo querer más a mi perro, que no tengo.

            El maestro, Miguel Ángel Aguilar mantuvo el tipo, no se sonrió ante la ignorancia manifiesta del Presidente del Parlamento y en una síntesis muy breve aludió a su independencia: “no manda a necios, ni sirve a pícaros”, a la necesidad de un periodismo libre, combativo y alejado de la sombra del poder y un repaso-recordatorio de lo frágil que es eso de la libertad y la democracia y cómo hay que hacer un esfuerzo permanente para mantenerla a salvo.

            Bueno, algo es algo, me queda el alivio de que se puede tener confianza en parte del género humano, pero siempre al acecho frente a estos vaivenes y retrocesos en los logros alcanzados.

            Para terminar y aclarar lo del poco ánimo con el que bajé de casa tengo que decir que en esos días estaba leyendo una novela de Rafael Chirbes, La Larga marcha, 1996; Anagrama, que ambientada en la posguerra estaba aplanando mi ánimo y sus páginas del pasado son premonitorias de un futuro, y no digo que lleguemos a una situación de violencia, de enfrentamiento como sucedió en el 36, pero Chirbes dice lo que sigue: “¿Verdad que los médicos no renuncian a curar a un niño enfermo pensando que, al fin y al cabo, se acabará muriendo, y que así le van a evitar sesenta o setenta años de sufrimiento inútiles? No, sino que lo curan de las primeras anginas, y luego de paperas, y acaban dándole medicinas y poniéndole sondas cuando tiene setenta años. Total, para que al fin se acabe muriendo. Bueno, pues la política es lo mismo. Los ciudadanos tenemos que curar y operar y poner sondas, aun a sabiendas que siempre triunfa el mal, que el poder acude por naturaleza a los peores”.

 

            En fin, que el pesimismo no cunda, pero lean a Chirbes, merece la pena, eso creo, y que la marejada que se lleva lo público acabe de una vez.

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LECTURAS: EN LA ORILLA. RAFAEL CHIRBES

7 abril, 2013

           en la orillaEn primer lugar tengo que reconocer una deuda con Rafael Chirbes, 1949. No había leído nada de su obra y lo reconozco. De él, de su obra, sólo tenía referencias, buenas, incluso su premio nacional de la crítica por Crematorio; pero no sé por qué en ningún momento se me despertó la curiosidad y cogí algo de lo que había escrito. Tampoco tengo clara la razón que me impulsó en la librería para coger su última novela: En la orilla, Anagrama, 2013.

            En la orilla ha sido un descubrimiento que convirtió su lectura en algo adictivo, más si cabe, ya que ella lo es para mi. Página a página disecciona un modelo de sociedad y a sus protagonistas rebuscando en los entresijos de las pequeñas historias locales, en la ida cotidiana de un espacio reducido, casi asfixiante donde se entrecruzan vidas, se reparten odios y se guardan rencores (el rencor no tiene fecha de caducidad, pág. 187)que tienen el viejo olor de la Guerra Civil.

            Del Mediterráneo de postal, de cielo azul, sol y playas, Chirbes nos lleva al lodazal de las charcas en la costa, que son estercoleros y escenarios de historias truculentas, al tiempo que escondrijos para huidos de la represión; caminos pedregosos requemados por el sol inclemente y pulidos por el andar de quienes arañan la tierra en busca de arañarle algo; plantas raquíticas de tallos leñosos y arrugados frente a las inclemencias y dobladas sobre sí mismas para protegerse de la inclemencia del sol.

            Esteban, el protagonista, es el eje sobre el que pivotan el resto de historias que nos ponen delante de los ojos y de forma descarnada la realidad que arranca allá en los años de la Guerra y acaba con otra guerra, la del ladrillo que ha dejado un paisaje desolador y una ciudadanía entrampada, anestesiada por el lujo ajeno y las ilusiones truncadas por llegar a paraísos de nuevo rico.

            En la mayoría de las ocasiones sugiero la lectura de lo que comento, pero en esta ocasión lo hago vivamente y como tengo que redimir mi culpa algunas de sus novelas están ya a la espera, y las miro y pienso en serle infiel a Sorderberg y al doctor Glas.

            Les dejo con algunos párrafos y espero que les resulten interesantes:

la foto          “… acabas de adquirir el poder de lo que está vivo muera, un poder más bien miserable, porque el verdadero poder –y ése no lo tiene nadie, ni Dios, lo de Lázaro no se lo creyó nadie- es devolver a la vida lo que está muerto. Quitarla es fácil, eso lo hace cualquiera. Lo hacen a diario en medio mundo. Abre el periódico y lo verás. Incluso tú puedes hacerlo, lo de quitar la vida, siempre, claro está, que mejores un poco la puntería (ahí sí que sonrió y afiló, guasón, las comisuras de los ojos grises y vivos, el buen humor los rodeaba de una telaraña de pequeñas arrugas). El hombre que ha sido capaz de levantar edificios, de hacer desaparecer montañas enteras, de abrir canales y de cruzar puentes sobre el mar, no ha conseguido que vuelva a levantar los párpados un niño que acaba de morir. A veces lo más voluminoso y pesado es lo más fácil de mover. Piedras enormes en la caja de un camión, vagonetas cargadas de metales pesados. Y fíjate, lo que guardas dentro de ti, lo que piensas, lo que deseas, que, al parecer, no pesa nada, no hay forzudo que sea capaz de echárselo al hombro y cambiarlo de sitio. No hay un camión que lo mueva. Conseguir que te llegue a querer alguien que te desprecia o a quien eres indiferente es bastante más difícil que tumbarlo a porrazos. Los hombres pegan por impotencia. Creen que pueden conseguir por la fuerzo lo que no son capaces de conseguir con la ternura, con la inteligencia” [ob. Cit. pág. 48]