Posts Tagged ‘urgencias’

LA OTRA NAVIDAD III

14 enero, 2010

LA PRIMERA NOCHE

Ya estoy en casa. Huelo a hospital, sí percibo un aroma que no es habitual, distinto y me es muy extraño, por eso lo asocio al hospital. Tengo hambre porque llevo desde las ocho de la mañana sin probar bocado, ni agua, sin embargo ahora es cuando me acuerdo de comer.

Ya es más de media noche estoy en mi cama, inmóvil para evitar el dolor, me he tomado un somnífero, apago la luz y espero dormir algo, aunque tengo la sensación de tener los ojos como platos. Quiero descansar y no puedo. La película de la caída pasa una y otra vez delante de mis ojos lo que me causa una ansiedad creciente, más miedo y falta de aire, no puedo respirar, intento quitarme el corsé, pero a oscuras no puedo. Tengo que tranquilizarme, la teoría me la sé, pero no puedo, ahora pienso en la inutilidad, la falta de movilidad me pegan el estómago al espinazo, me da mucho miedo pasar del “yo soy” al “yo era” y más me duele porque ha sido la fatalidad lo que me ha llevado a esta situación y eso, además, lleva a las personas que están a tu alrededor a multiplicar sus esfuerzo y entrega porque ahora estoy-soy-una carga para todo.

Hasta que me recupere, espero, me voy a dar cuenta lo que cuesta levantar la tapa del baño, entrar en la ducha, secarte, ponerte el calzoncillo, o la imposibilidad de coger el jabón que se ha caído. En fin un nuevo aprendizaje para un periodo que deseo no sea muy largo.

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VA DE HOSPITALES

14 enero, 2010

Una amiga que tiene la paciencia de leer lo que escribo y la voluntad de enviarme palabras de ánimo, me cuenta la historia que transcribo a continuación:

HECHO REAL (Ring, ring, ring)

– Hospital Xeral de Lugo bos días.

– Si, Buenos días, quisiera hablar con alguien que me de información sobre un paciente que está internado.

– ¿De qué paciente se trata?

– Se llama Antonio Comesaña Otero y está en la habitación 376.

– Un momento, le paso a enfermería.

– Buenos días, habla la enfermera Luisa Casal, ¿en qué puedo ayudarle?

– Quisiera saber las condiciones clínicas del paciente Antonio Comesaña Otero de la habitación 376, por favor.

– Un minuto que voy a localizar al médico de guardia.

– Buenos días, habla el doctor Quirós, ¿en qué puedo ayudarlo?

– Verá doctor, quisiera que me informasen sobre el estado de salud de Antonio Comesaña Otero de la habitación 376.

– A ver, un minuto que consulto la ficha del paciente.

– Bueno, gracias

– Aquí está. Veamos, hoy se alimentó bien, la presión y el pulso se mantienen estables y está respondiendo bien a la medicación por lo que mañana le retiraremos el monitor cardíaco, si continua en esta línea le daremos el alta en dos o tres días.

– ¡Muchas gracias doctor, no sabe usted la buena noticia que acaba de darme! ¡Joder que alegría!

– Me alegro hombre, ¿quién es? ¿Su padre?>

– No, no, que va, yo soy Antonio Comesaña Otero y estoy llamando desde la habitación 376, lo que pasa es que aquí todo el mundo entra y sale del cuarto cuando quieren, parece que hablan entre ustedes en chino y a mí ni Dios me dice un carallo.

Si no es verídica, se acerca mucho a la realidad.

LA OTRA NAVIDAD II

13 enero, 2010

Decía en la entrada anterior que casi a la carrera cuando el turno finalizaba la enfermera me dice que me tenían que hacer otra prueba y eso no es buen síntoma porque eso significa que buscan algo más. Esa prueba, un escáner, te hace pensar que algo pasa, no sé qué porque no soy médico y el haber visto algunos episodios de la serie Urgencias no da conocimientos médicos, pero algo has leído y por experiencias cercanas… Algo no va bien.

Pues toca esperar y con el cambio de turno caras nuevas, comportamientos nuevos, más enfermos. No cabemos en el pasillo, aunque los vecinos cambian, ahora tengo cerca a un señor mayor, alemán que vive en Bajamar, se ha caído y tiene rastros de sangre en la cara, lo malo es que nadie habla alemán y entenderse con él es muy complicado. Más historias, pero procuro evadirme, aunque oyes cosas que no desearías, como la frase del médico que pretende ser gracioso cuando dice: “cuánta gente hay hoy para felicitarnos las pascuas”. La verdad, puede que tenga gracia, pero en aquel momento, y en aquel lugar y desde una camilla…

Tengo frío y ganas de ir al baño, me tengo que levantar, el baño está lejos y creo que podré aguantar el dolor. Pido unas zapatillas y allá voy, aunque la auxiliar insiste en raer una botella, me niego, tengo que intentarlo. Allá voy, con ayuda me incorporo, del dolor no voy a decir nada, pero… Algunos pasos, bien lentamente llego y orino, ¡uf, qué alivio! No sé qué hora es pero llevaba todo el día sin ir al baño. Puedo caminar, bueno es un decir, pero lo intento.

El cambio de turno nos ha dejado un personaje singular, un enfermero al que llamaremos “Joel”, que repetía con un tono cantarín “todo controlado” y su variante “todo está controlado”, así todo el rato, aunque todavía no le he visto la cara, pero ya lo tengo identificado por su voz y como está en la entrada para los recién llegados tiene alguna palabra amable, alguna broma, menos para el que llega porque se ha tragado unas pinzas, al parecer es un “cliente habitual”. Hablan de las veces que no han tenido que operar para sacarle cosas del estómago. Está muy tranquilo, quiero verle la cara, pero no puedo. Habla poco, pero es de antología el rato que está allí. Todos lo conocen.

Más frío, lo que daría por unos calcetines. Alegría dicen mi nombre, la auxiliar me dice que me llevan para hacerme un escáner. Envidiable la pericia conduciendo la camilla por aquellos pasillos atestados. La nueva “sesión fotográfica” dura poco, aquí no se hace cola. De nuevo a mi aparcamiento a esperar que informen la prueba. Se prolonga en el tiempo ya no tengo reloj y no pregunto la hora. No duermo pero cierro los ojos y procuro evadirme del lugar. Piensan que duermo, pero no.

Bien, mi nombre en voz alta, ahora es una doctora, neurocirujana, joven, trae noticias y no son buenas, la vértebra L-2 se ha fracturado y aplastado, creo que me da más frío, aunque dice que podía haber sido peor, claro, y también mejor, pero estoy ahí en medio. Inmovilización con un corsé, reposo y vuelta en cuatro semanas y si no respeto el reposo la consecuencia sería una intervención quirúrgica. Menudo panorama, ahora con el miedo en el cuerpo y mil preguntas pasando  a gran velocidad toca esperar porque no me puedo ir a casa sin el corsé. Ahora va más despacio el tiempo, espero como esperan los niños a Papá Noel la llegada de la persona que viene de la ortopedia con el corsé. Tarda, pero llega. No la beso porque no estaría bien y no porque no tenga ganas, ahora con paciencia casi mimo me arregla el corsé hasta que está bien ajustado y evita determinados movimientos. Me quiero marchar ya han firmado el alta, aunque estaba un poco traspapelada y tarda, algo normal lo de tardar, y me sacan de allí.

Ya voy camino de casa. Las ganas de marcharme ocultan las preocupaciones  los miedos. Son las once de la noche, casi doce horas con cosas que contar y otras que no, que las dejo para mí, no por egoísmo, pero…

No sé si merece la pena continuar….

LA OTRA NAVIDAD I

12 enero, 2010

Tengo que confesarlo públicamente. De la navidad sólo me interesan los días de descanso y el turrón, de almendra molida, si es posible. No digo nada de la familia y esas cosas, que van por otro camino y no dependen de las fiestas navideñas.

Bueno, pues con la perspectiva que marcan estos intereses, encaraba yo estas navidades que iban a tener turrón, descanso y un viaje, pero como uno dispone, crea expectativas y el destino o no se sabe qué dispone, el panorama cambió radicalmente y así el día 23 de diciembre salí de casa temprano, llovía, no mucho y cumplí con algunas obligaciones, pocas con lo que regresaba caminando, tranquilo, pensando en no sé, después de comprar el periódico, pero, ahí entre las 10’30 y las 11’00 comenzó para mí la otra navidad.

Y comenzó de la manera más tonta y más simple que uno se pueda imaginar: una caída de culo, mis posaderas en el suelo de una acera mojada. En una fracción de segundo el día, y los días que iban a venir se torcieron. En esa fracción de segundo, cuando la recuerdo, me veo en el aire y dando contra el suelo. El dolor que sentí en la columna no lo puedo describir, no sé con qué compararlo, pero fue insoportable. Grité, me llevé una mano a la espalda donde sentí el crujido y la otra a los pies para comprobar si los sentía, reconozco que me dio miedo la posibilidad de perder la movilidad de los pies.

¿Qué pasó? Pues, en el suelo, lloviendo, un dolor insoportable, gritando mucho, seguro, palpando mis pies y pensando en las personas que quiero y cómo les iba afectar aquello, era un torbellino de cosas que pasaban por mi mente de forma desordenada, caótica, más bien. Los gritos alarmaron a algunas personas que pasaban por allí, que se acercaron  y me prestaron ayuda, especialmente a una mujer, no sé quién es, pero tomó la iniciativa, llamó a urgencias y tuvo la serenidad suficiente para que, entre gritos producidos por el dolor, le dijera cómo localizar a mi familia, coger mi teléfono del bolsillo y llamar a mi hijo. No sé quién era, no me acuerdo de su cara, algo de su voz y que vestía de oscuro. Ya estaba identificado

¿Y cuánto tiempo había pasado? Para mí una eternidad, el dolor no cesaba, no podía pensar con claridad y una y otra vez me venía la idea de la incapacidad. No lo podía remediar. No pasó mucho tiempo, quince o veinte minutos tirado en el suelo, seguía lloviendo, el dolor no remitía, apretaba alguna mano, escuchaba palabras de aliento, alguna caricia en la frente y las quejas y las quejas por la tardanza de los servicios de asistencia. Todo se mezclaba, las palabras se cruzaban, el dolor, mojado hasta que mi hijo me tapó con una manta. En aquel momento lo que deseaba era desaparecer, hacerme invisible y que la vida continuara sin mí en aquel lugar.

Por fin llega la asistencia, muy profesionales quienes me atienden, me preguntan, palabras de aliento y me mueven hasta la ambulancia y camino del hospital, casi podría contar los socavones, más preguntas del trócolo. Aunque cuando me preguntan por  las alergias les digo que sólo a la monarquía, eso contribuye a relajar la tensión. No dura mucho el recorrido y ya estamos en el Hospital universitario de Canarias [HUC]. Primera vez en 55 años que tengo que visito un servicio de urgencias como paciente.

Ya estoy dentro, me cambian de camilla y veo estrellas de todos los colores, sigo mojado y se repite el protocolo, más preguntas y palabras  de aliento de quienes me han traído. Ya en la camilla del servicio de urgencia aparcado en el pasillo, casi en la entrada, no me muevo ni lo más mínimo, tengo un lugar un poco cotilla, ya que por estar tan cerca de la entrada me entero de todos los que llegan, la hija que lleva al padre, ésta habla con alguien, médico, enfermera sobre alcoholismo esquizofrenia, intento de suicidio, no quiero enterarme, pero…; la señora que se cayó en la calle; otra que le pasó lo mismo desde una escalera mientras decoraba el árbol de navidad; el accidentado de un coche que ha dado vueltas de campana; la joven con un problema en un ojo. En fin, no quiero, pero me siguen llegando retazos de las historias de los recién llegados.

Sigo esperando, he perdido la noción del tiempo, vuelve la enfermera para interesarse por el dolor y mejor me dice que debo ponerme un calmante, todavía no ha llegado el médico.  Siguen los ingresos y las historias de cada uno de ellos.

Por fin llega una doctora, de nuevo se repiten las preguntas y ahora empieza a la exploración. Acierta el lugar donde más me duele. Me acuerdo de la película Marathon man, por lo del dolor. Radiografías y volverá de nuevo. Ahora esperar, espera que se dilata mucho hasta que oigo mi nombre, una auxiliar me lleva a rayos, en el recorrido compruebo que el pasillo está lleno, no hay aparcamiento. La “sesión fotográfica” no dura mucho, pero me cuesta pasar de la camilla a la mesa de  rayos me arrastro con la ayuda de una doctora que me “presta” su brazo para sujetarme. Esto dura poco, de nuevo a la camilla y al pasillo, aparcado en el mismo lugar.

Para entretenerme y no oír las historias de los recién llegados, de los que quieren cambiar el turno busco en los azulejos de la pared, no sé qué; los fluorescentes y una persiana que tengo cerca son la distracción. Pasa el tiempo y la doctora que me valoró pasa una y otra vez, la veo, pero que ella no me ve  mí. No sé nada de las radiografía. Ya son casi las dos y el turno va a cambiar, espero que me diga algo antes de marcharse. Por fin me decido y la llamo: “oiga joven”, sigue caminando y me contesta que tiene que hablar conmigo, por fin, no soy invisible.

No repito lo de pasa el tiempo, pero pasa y llega el cambio de turno, más actividad, ahora se suma la de los trabajadores, unos entran otros salen, día 23, previa de la Nochebuena, despedidas, felicitaciones, sin querer me entero de los que desean cambiar el turno, de los días de descanso que tienen otros, de lo que se van a poner mañana, con quien van a cenar, lo que van a cenar, en fin. Ahora aquel lugar es actividad casi frenética, los que van llegando en camilla tienen que esperar a que se haga el relevo, terminen las historias. Como he perdido la esperanza de ver a la doctora, ya no pasa tengo la impresión que esto se va a prolongar. Casi al vuelo cazo a la enfermera del calmante y le pregunto. Se va apurada, termina su turno y se extraña de que la doctora no haya hablado conmigo, pero me dice que tengo que hacerme otra prueba. Esto va para largo……

Continuará